Las bombas JDAM-ER de EE.UU. fallan en Ucrania por el GPS
El Pentágono empezó a enviar en diciembre los kits que convierten la munición aérea no guiada en bombas de precisión. Semanas después, esas armas fallan más de lo previsto. Los documentos de inteligencia filtrados durante los últimos días —confirmados por un funcionario del Departamento de Defensa— apuntan a dos causas: espoletas que no se arman al soltarse y, sobre todo, la
interferencia rusa sobre la señal que orienta el arma. En algunos casos, la bomba ni detonaba.
El
JDAM-ER es la versión de mayor alcance de las municiones conjuntas de ataque directo, lanzables desde bombarderos y cazas. Los kits de guiado los fabrica Boeing, que ha derivado las preguntas al Gobierno estadounidense. El portavoz del Pentágono, el teniente coronel Garron Garn, ha recordado el uso «con gran éxito» de la asistencia de seguridad en la defensa del territorio soberano ucraniano y ha declinado comentar daños de batalla o evaluaciones de inteligencia.
Qué dice la filtración sobre las bombas JDAM
Una diapositiva del Estado Mayor Conjunto expone el problema técnico, la solución que aplicó la Fuerza Aérea ucraniana para que las espoletas se armaran correctamente y un diagrama de la munición. Incluye además un recuento de la tasa de fallos en ataques recientes, con fechas y número de armas necesarias para eliminar cada objetivo. Una de las cifras que se repiten:
cuatro de los nueve JDAM de largo alcance utilizados por las fuerzas ucranianas no alcanzaron objetivos rusos, posiblemente por interferencias. La recomendación que acompaña al dato es neutralizar los bloqueadores antes de emplear las bombas.
Los funcionarios estadounidenses creen que la interferencia rusa provoca que los JDAM y, en ocasiones, otras armas como los cohetes guiados, pierdan su objetivo. «Creo que puede haber preocupación de que los rusos puedan estar interfiriendo la señal utilizada para dirigir los JDAM», resume
Mick Mulroy, ex funcionario del Pentágono y oficial retirado de la CIA. El medio que publicó el asunto no pudo verificar de forma independiente esa información.
¿Cómo se engaña a una bomba que se guía por satélite?
El principio es viejo y barato. La bomba calcula su posición triangulando la señal de los satélites de posicionamiento, que emiten de forma continua. Hacer
jamming es emitir radiofrecuencia con más potencia en la misma banda para bloquear la recepción. Existe una variante más fina: sintonizar la señal real, grabarla y retransmitirla con retardo y más potencia para que el receptor calcule una posición falsa. Se llama
meaconing y no requiere hackear nada.
Circula una explicación sencilla: los satélites son como faros que repiten cada segundo «aquí estoy y esta es la hora». Si alguien emite en la misma frecuencia haciéndose pasar por esos faros, la posición se va al garete y el arma puede caer 500 metros antes, en un descampado o donde no toca. También se recuerda el dron de reconocimiento estadounidense que acabó en manos iraníes, aunque no hay acuerdo sobre si el engaño afectó al enlace de radio o a la señal de posicionamiento.
¿Por qué la altura de lanzamiento decide el resultado?
Para exprimir su alcance, el JDAM-ER necesita altura: a más altitud, más tiempo de planeo y más kilómetros recorridos. El problema es que a esas cotas el avión se convierte en un blanco visible para los radares y la defensa antiaérea desplegada en la zona. Las cifras que se manejan hablan de lanzamientos a entre
50 y 80 kilómetros del objetivo, distancias que solo tienen sentido desde arriba.
Ahí está la disyuntiva: subir, lanzar y salir corriendo, o volar bajo y renunciar al alcance. Las bombas rusas del mismo tipo no sufren ese problema, sostienen algunos, porque se lanzan fuera del alcance de la defensa antiaérea ucraniana. La diferencia no está en el aparato, está en quién puede permitirse volar alto.
Las colisiones de la flota del Pacífico
Quien sostiene que la interferencia de señal es hoy más potente de lo que se reconoce saca a relucir un episodio incómodo. Buques de la flota estadounidense del Pacífico, cargados de radares, sonares y sistemas para seguir cientos de blancos a la vez, chocaron con mercantes en circunstancias difíciles de explicar. Se llegaron a contar
cinco casos en un plazo corto y más de ocho en un año, según las crónicas periodísticas que se citan.
Para unos, es la prueba de que el engaño de la señal de posicionamiento funciona. Para otros, es mala suerte y errores de navegación acumulados. El caso sirve, en todo caso, para ilustrar hasta qué punto la dependencia de una señal externa se ha vuelto un punto débil.
Más gasto y menos escrutinio
El escepticismo recorre buena parte del asunto. Se argumenta que las alarmas sobre armamento que no funciona son, en realidad, formas de pedir más dinero y mantener el flujo de fondos hacia la industria. Ninguna arma demuestra su fiabilidad en un entorno controlado, recuerdan los mismos: hay que usarla en una guerra real para saber qué pasa, y sistemas como los cohetes guiados o los proyectiles de artillería de precisión emplean la misma lógica de satélite. De estos últimos se sostiene que su empleo ha caído de forma apreciable en ataques a retaguardia.
Mientras se discute la precisión de las bombas occidentales, las que no fallan son las rusas, según se repite: hasta
veinte al día sobre posiciones ucranianas y bombas de 1.500 kilos cayendo en el frente. El dato conviene cogerlo con pinzas. Pero descoloca: el sistema que no acierta es el que se anunciaba como más avanzado.