La factura pendiente del monoteísmo: ¿progreso o control social?
Imagina un mundo sin iglesias ni mezquitas, sin diezmos ni inquisición, sin la moral del pecado original lastrando el disfrute de la vida. Hoy, esa fantasía tiene nombre: Japón, Corea, China. Países que, según los datos, han alcanzado niveles de desarrollo sin pasar por la caja registradora de las religiones abrahámicas. Pero la realidad económica y social es más esquinada de lo que parece.
La alternativa pagana y sus mitos
Uno de los argumentos recurrentes es que antes del cristianismo imperaba la ley del más fuerte. En la antigua Roma, un ciudadano podía ser vendido como esclavo por deudas, algo que la Lex Poetelia Papiria de 326 a.C. ya había abolido —setecientos años antes de que el cristianismo se oficializara. La idea de que el paganismo era un infierno de castas y cuchilladas choca con la evidencia de que las sociedades preabrahámicas también desarrollaron códigos legales y protecciones.
Por otro lado, se señala a los países asiáticos no monoteístas como prueba viviente de que es posible la prosperidad sin semitas. Japón, Corea y China no solo carecen de tradición abrahámica, sino que han superado a muchos países cristianos en indicadores como esperanza de vida y PIB per cápita. Pero aquí el análisis se estrella contra la correlación: el éxito de estos países tiene más que ver con la adopción de instituciones occidentales (propiedad privada, competencia, reforma agraria) que con un hipotético «espíritu pagano». De hecho, Japón copió el modelo prusiano y el constitucionalismo imperial; su irreligiosidad actual es consecuencia de la modernización, no su causa.
La cuenta económica de 2000 años
Si miramos los números, las sociedades más prósperas de Occidente —Suiza, Noruega, Dinamarca, Países Bajos— tienen una herencia cultural cristiana protestante o católica. Sus instituciones, ética del trabajo y sistema legal son hijos de la Reforma y la Contrarreforma. El ranking del IDH y PIB per cápita no miente: no hay un solo país neopagano en la cima. El postureo de «retorno a los druidas» es un lujo de urbanitas con tiempo libre, no un modelo de desarrollo.
Sin embargo, no todo es blanco o negro. Hay un consenso incómodo: tanto creyentes como ateos han acabado adorando al mismo dios: el crecimiento material. La crítica de que el falso debate entre «estatocapitalistas creyentes» y «estatocapitalistas ateos» oculta que todos profesan la religión del bienestarismo tiene una pizca de razón. Da igual arrodillarse ante un crucifijo que ante una pantalla de Bloomberg; el motor es el mismo.
Lo que el pasado no nos devolverá
Al final, la pregunta de qué vida nos robaron las religiones abrahámicas no tiene respuesta unívoca. Probablemente, sin ellas habríamos tenido una Edad Media menos dogmática, pero también menos cohesión social en los imperios. Las sociedades paganas sacrificaban humanos y esclavizaban a sus deudores; las abrahámicas lo sustituyeron por diezmos e inquisición. Un negocio redondo para las élites de cada época.
La anécdota de Quintus Aucler, un erudito que intentó resucitar el paganismo durante el Terror revolucionario francés —con sacrificios de cabritos incluidos—, es una advertencia: cada proyecto de ingeniería religiosa termina siendo tan jerárquico y violento como el anterior. Robespierre sabía que la religión no se elimina, se sustituye.
El dato que descoloca: la Lex Poetelia Papiria abolió la esclavitud por deudas en Roma en el 326 a.C. El cristianismo no llegó hasta el 380 d.C. con Teodosio. ¿Quién civilizó a quién?