El amor condicional: al hombre se le quiere por lo que aporta
¿A un hombre se le quiere por lo que es o por lo que aporta? La pregunta recorre redes y conversaciones, y una corriente de análisis la responde sin anestesia: al hombre se le quiere por lo que aporta, como a un activo que produce rendimiento. Cuando deja de ser útil, se le despacha.
¿El amor al hombre es una transacción?
El detonante ha sido un vídeo de un youtuber latino con más de 500.000 seguidores que resume la idea en una frase: «nadie te ama y tienes que bastarte a ti mismo». La reflexión conecta con una experiencia que muchos hombres reconocen: el amor hacia ellos no es incondicional, sino que se negocia a cambio de provisión, protección o estatus. Incluso el amor materno al hijo varón, se argumenta, estaría supeditado a que ese hijo “sea alguien en la vida”. A las hijas se las quiere por existir; a los hijos, por lograr.
Proveer y proteger: ¿instinto o imposición?
La deriva económica es inevitable. Si el hombre debe comprar el amor con utilidad, la relación de pareja se convierte en una transacción: afecto a cambio de recursos. Y cuando el hombre deja de “resolver”, el afecto desaparece. Esa percepción explicaría por qué un número creciente de hombres se distancia de las relaciones: prefieren no entrar en un mercado donde su valor sentimental fluctúa con su nómina.
Enfrente está la visión clásica: proveer y proteger como instinto natural del hombre, y la queja como victimismo improductivo. Las mujeres, se sostiene, buscan esa masculinidad; es lógico y normal. El problema, replican otros, es que esa “lógica” convierte el amor en un salario emocional: se paga mientras se trabaja.
Y cuando el mercado afectivo deja de cotizar, el hombre sigue preguntándose por qué nadie lo quiere. Quizá la respuesta sea más incómoda: el amor transaccional no contempla huelga.