La venta de tablets se hunde y la culpa no es del móvil
Una tablet de ocho pulgadas comprada por
159 euros, frente a los
450 euros que cuesta un portátil, con diez horas de batería y dos años ya a cuestas. Su dueño no piensa cambiarla. Ahí está el problema del sector, y no en el teléfono. La venta de tabletas sigue desplomándose y el diagnóstico cómodo —que el móvil de 5,7 pulgadas se las ha comido— no explica por qué tantos aparatos siguen encendidos cada noche mientras alguien ve el telediario o lee un PDF en la cama.
El relato oficial del pinchazo asegura que la novedad se agotó y que la gente empezó a ver las limitaciones del invento. Es verdad a medias. La otra mitad la resume una pregunta incómoda:
¿no será que todo el mundo ya tiene una?El relato del pinchazo: la novedad se agotó
Después del
boom inicial, cuando la tableta se vendía como el gadget innovador que iba a sustituir al ordenador de casa, llegó la resaca. El diagnóstico más duro sostiene que no vale ni para escribir un correo electrónico en condiciones ni para jugar a videojuegos serios, y que el personal tardó lo justo en comprobar sus límites. Con ese punto de partida, cada trimestre de ventas flojas se lee como una confirmación.
El problema de ese marco es que convierte una queja de uso en una explicación de mercado. Un aparato puede ser incómodo para teclear y seguir siendo útil para otras cosas. Y si algo demuestra la caída de ventas es que hay mucho propietario satisfecho, precisamente el que no vuelve a pasar por caja.
¿Por qué caen las ventas de tablets si todo el mundo las usa?
Porque el parque instalado está saturado y el ciclo de reposición es larguísimo. Una tableta de gama media cubre navegar, ver vídeo, leer prensa y jugar a juegos sencillos durante años, y con una de hace cuatro temporadas se sigue haciendo lo mismo que con la recién sacada de la caja. El móvil, en cambio, tiene otro ritmo: batería que se degrada, cámara que se queda vieja y una renovación que el usuario asume casi por inercia.
Hay quien rechaza esa tesis con un contraejemplo razonable: los smartphones también los tiene ya casi todo el mundo y no dejan de venderse. El matiz importa, porque el mercado del teléfono se mueve por reposición anual y presión de marca, no solo por necesidad. En informática doméstica el fenómeno ya se vio antes, cuando el ordenador de sobremesa dejó de renovarse cada dos años porque el software dejó de exigirlo.
Para qué sirve de verdad una tablet: sofá, cama y avión
Para consumir contenidos, no para producirlos. Los usos que se repiten son de una mundaneidad reveladora: evitar encender el ordenador para una consulta rápida a primera hora, leer manuales en PDF sin cargar con carpetas, escuchar idiomas, seguir series, consultar la cuenta del banco, leer cómics o revisar la hora del próximo autobús. Un aparato que enciende al instante y aguanta la batería.
En los viajes largos de avión la diferencia es la pantalla: entre ver una película en HD y hacerlo en el monitor del asiento no hay color. Y en verano pesa otro argumento doméstico, el de navegar tirado en el sofá sin soportar el calor que sueltan los ventiladores del portátil. Para el baño y la cama, el teléfono compite bien; para el resto, la pantalla grande juega a favor.
Escribir un correo en una tablet: la frontera que no cruza
Un correo de cinco líneas sigue siendo cosa de teclado físico. Ahí el portátil no tiene rival, y quien necesita generar contenido, aunque sea poco, vuelve a él. De ahí que las siete pulgadas se hayan quedado en tierra de nadie: demasiado grandes para el bolsillo, demasiado pequeñas para trabajar, una categoría que un usuario resumía como
quiero y no puedo.
El segmento que sí crece, según se apunta en el hilo, es el de los convertibles 2 en 1, con un Windows completo, escritorio remoto, teclado y ratón: el portátil sin cargar cinco kilos al hombro. Sobre las phablets de 5,5 y 6 pulgadas, un forero señala que su precio sube unos 100 euros al pasar de 5 a 6 pulgadas, un salto que frena la compra.
Obsolescencia programada y el iPad que se niega a morir
Las actualizaciones que degradan equipos viejos alimentan la sospecha de obsolescencia programada, con el primer iPad como caso más citado: se vendió a precio de portátil, llegó con la memoria recortada y dejó de actualizarse pronto. La comparación que circula es mecánica: es como meter a un coche un motor más potente pero con 500 kilos extra encima.
La otra cara es la contraria. Hay iPads de primera generación y Galaxy Tab modestas que siguen dando servicio, iPads de dos años sin una raya que nadie piensa cambiar, y un iPad 2 con casi cuatro años, iOS 7 y jailbreak para instalar Kodi que aguanta hasta que se caiga a cachos. La durabilidad, que debería ser una virtud comercial, se ha convertido en el enemigo de la facturación.
Quién sigue comprando tablets y quién tiró el dinero
Tres perfiles claros. El mayor que siempre tuvo pánico a acercarse a un ordenador y adopta la interfaz táctil sin manual. El usuario que aprovecha trayectos de transporte público con transbordos de 45 minutos para leer o estudiar. Y quien no tiene portátil y se niega a un móvil de más de 4,5 pulgadas, que con una tableta de 10 pulgadas —100 euros en un caso— cubre lo que ninguno de los otros dos le da.
En el extremo opuesto está el arrepentido, el que la compró hace un mes y la ha enchufado dos veces porque para lo que hace le bastaba el teléfono. Ambos casos conviven sin contradicción: el problema del sector no es que la tableta no valga, es que la que funciona no se rompe.
Con ese parque instalado, lo raro no es que las ventas caigan: es que alguien siga esperando a que la suya reviente para comprar otra. Y la suya, según todos los indicios, lleva tres años sin dar señales de agotamiento.