AfD y BSW: dos extremos que se necesitan para repartirse el poder
Que la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) y la ultraizquierda de BSW compartan escaño donde conviene no es una paradoja, es aritmética. Cuando el premio es un punto en el orden del día o una consejería, el programa se guarda en el cajón y se vota. El titular de esta historia no es el pacto: es la hipocresía de vender durante años que jamás se pactaría.
Se sostiene que todo esto es pragmatismo parlamentario de libro y que ocurre en media Europa. Puede. Pero conviene recordar quién paga la factura de ese pragmatismo: el votante que creyó que su partido era el único que no se manchaba las manos.
Por qué el dormitorio de Weidel no desmonta su programa
Alice Weidel, copresidenta de AfD, es muyer y su pareja es una muyer de Sri Lanka. Se ha usado ese dato para llamarla hipócrita por militar en un partido que combate los derechos de las personas LGTBI. El argumento tiene tirón en tertulia y muy poca base analítica: la vida privada de un político no valida ni invalida su programa. Lo que mide a un cargo público son sus votos y sus alianzas, no con quién comparte cama.
Hay quien replica que el partido ha hecho de la familia tradicional y de la identidad nacional su bandera, y ahí la contradicción existe. Pero es una contradicción personal, no un argumento electoral. Quien saca la vida privada para desacreditar suele ser el primero en pedir respeto para la suya.
Cuando todo es nancy, nada es nancy
El dedo que ha señalado la contradicción viene de un comentarista que ha hecho carrera de repartir carnés: Trump nancy por lo que hiciera su padre, Vox nancy, Musk facineroso, AfD nancy, Milei orate, Osho y Ayn Rand orate. La inflación de etiquetas tiene un coste medible. Cuando el adjetivo sirve para todo, deja de señalar nada: es el cuento del lobo con la etiqueta gastada de tanto usarla.
Y el terreno histórico exige precisión, no consignas. Las llamadas ratlines existieron: Mengele, Eichmann y Pavelić escaparon por Génova y por España con papeles de la Cruz Roja. Y el nacionalsocialismo usó a las Iglesias como correa, como prueban el concordato de 1933 o la encíclica Mit brennender Sorge, de 1937. De ahí a despachar como nancy al que discrepa hay un salto que no se sostiene.
Si la aritmética alemana sigue apretando, veremos más abrazos de conveniencia entre los dos extremos. La duda no es si pactarán, sino cuánto tardará cada uno en contar a su electorado que lo hace por el país y no por el escaño.