La teoría de la evolución bajo el microscopio conspiranoico
Que los primeros británicos fuesen negros de ojos azules y que los chinos tengan los ojos achinados por el viento de las estepas son dos de los argumentos esgrimidos para negar la selección natural. Pero el ataque no se queda ahí: se tilda de ideología a la ciencia y se acusa a Darwin de pertenecer a la masonería.
El razonamiento central de los críticos es que la evolución no puede explicar rasgos como la pigmentación de la piel o la forma de los ojos mediante presión selectiva. Se cuestiona que la falta de vitamina D tras la agricultura aclarase la piel, o que el viento frío moldease los párpados en 50.000 años. La deriva genética y la selección natural serían, según esta corriente, relatos fabricados.
La ciencia como coartada ideológica
Se repite el mantra de que la evolución no es ciencia sino ideología, equiparándola con supuestos engaños como las vacunas o las pandemias. Se menciona que Charles Darwin, su padre y su abuelo eran francmasones, lo que para los más conspirativos bastaría para desacreditar toda la teoría.
¿Demostración o fe?
Frente a quienes piden fósiles de transición, la respuesta es que mostrar restos no prueba los mecanismos. El debate queda en un punto muerto: para unos, la evolución es un dogma; para otros, una verdad demostrada. Y mientras, el escepticismo sigue nutriéndose de preguntas sin respuesta que la ciencia oficial no logra tapar del todo.
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