¿Puede el islam ser la salvación de Occidente?
La pregunta, lanzada en un foro de discusión, ha reabierto un debate incómodo: ¿y si la solución a la corrupción, la burocracia y la decadencia moral viniera de la mano de la sharia? La provocación no es nueva, pero este hilo, bautizado con el título «La salvación es el sarracín», ha destilado los argumentos a favor y en contra con una crudeza inusitada.
Por un lado, una corriente minoritaria pero ruidosa defiende que el islam ofrece un marco de orden, mano dura contra la corrupción, prioridad a la familia y castigos ejemplares. Se menciona incluso la posibilidad de anular las restricciones europeas en agricultura o la eliminación de ayudas sociales. «Castigo severo a los políticos corruptos, la mitad de funcionarios a la calle, quitando paguitas de espabilados, mano dura a la delincuencia», resumen sus partidarios. Un ateo confeso llega a decir que, siendo todas las religiones una mentira, elige esta «para limpiar de mierda mi sociedad» y luego transformarla a su gusto.
Frente a ello, la mayoría reacciona con escepticismo o rechazo frontal. Señalan la realidad de los países islámicos sin petróleo: bajo desarrollo económico, escasa libertad y conflictos. «Los únicos países islámicos ricos son los que tienen petróleo —y tan pronto se acabe, volverán a los camellos y a los dátiles», ironizan. Otros recuerdan casos como la condena a muerte en Irán de una mujer por distribuir biblias, o el flujo migratorio: «Si el islam es tan ideal, ¿por qué huyen como ratas de los países islámicos?». La desconfianza hacia la capacidad del Islam de integrarse sin imponer su ley es el denominador común.
La discusión deriva rápidamente hacia el choque de civilizaciones. Se pronostica un futuro donde Francia, Bélgica o Reino Unido serán «repúblicas alérgicas al jamón», mientras España quedará dividida entre «comedores y no comedores». Hay quien lo ve como un Ragnarök ibérico inevitable. Otros, más pragmáticos, apuntan que la decisión no la toman los ciudadanos sino los flujos migratorios y las políticas de la UE.
Al final, el hilo deja más preguntas que respuestas. La salvación por el sarracín se antoja un espejismo para unos y una amenaza real para otros. Quizá lo único que revela es la desesperación de una sociedad que, incapaz de arreglar sus propios problemas, fantasea con soluciones radicales. O, como dice un participante: «Estamos abocados a la decadencia de nuestra civilización, nadie nos va a salvar». Pues eso.