La reina no se santigua y se reabre el debate sobre el requisito católico de la Corona
La escena es breve y repetida: en un funeral cristiano por las víctimas de un siniestro, la reina Letizia no se santigua. Un tuit lo graba, otro lo repite y un tercero añade el contraste con el velo que sí luce en visitas oficiales a Marruecos. De ahí a la tesis del titular hay un salto que el propio material da por hecho: si la reina no es católica, sostiene una parte del comentario, la Corona pierde su fundamento y la princesa Leonor no debería heredar el trono. El punto de partida es una imagen; la conclusión, una teoría sobre la legitimidad de la jefatura del Estado.
Qué se discute exactamente cuando se dice que la reina no es católica
El reproche no es nuevo. Lo que cambia es el envoltorio: ya no se discute si la reina es simpática o antipática, sino si cumple los requisitos formales que la institución arrastra desde hace siglos. En el material se enumeran tres: no pertenecer a la nobleza —se califica el enlace de
matrimonático—, no haber llegado virgen al altar y tener antepasados que ejercieron oficios manuales. Ninguno de los tres figura como impedimento legal en ninguna norma vigente, pero se presentan como una acumulación de
ilegitimidades que deslegitimaría a la institución entera.
Hay una respuesta recurrente: está bautizada y se casó por la Iglesia. Es el argumento más repetido por quienes consideran que el debate sobra. La contrarréplica llega en forma de duda sobre la sinceridad de ese cumplimiento formal: si ni siquiera se guardan las apariencias, ¿para qué mantener el ritual? La discusión se mueve, por tanto, entre dos aguas: la legalidad —que nadie discute— y el sentido mismo de la institución, que es donde el asunto se vuelve incómodo.
El argumento histórico: el poder venía de Dios y el rey era ungido
La defensa más articulada del requisito religioso no es emocional, sino histórica. Se recuerda que la monarquía se sustentó durante siglos en una cadena concreta: el poder venía de Dios, lo ejercía un rey ungido por la Iglesia y por debajo quedaban la nobleza y el pueblo. En ese esquema, el monarca debía ser católico, no cometer pecado mortal y tender a la Gracia. La nobleza, a su vez, se justificaba por hechos de armas y fidelidad al rey, no por apellido heredado.
El problema de trasladar ese marco al presente es evidente: la Constitución y la legalidad vigente no exigen nada de eso. La respuesta a esa objeción es que la ley no lo exige, pero el sentido de la institución sí. Y ahí aparece el argumento más incómodo para los defensores de la Corona: si los reyes no tienen que ser católicos, ni descender de la nobleza, ni nada parecido, entonces
mejor una república, donde cada pocos años se puede cambiar al jefe del Estado sin dramas dinásticos.
La vía republicana y sus defensores por conveniencia
No todos los que critican a la reina son republicanos de siempre. Aparece una figura interesante: la del monárquico por conveniencia que ahora se descuelga. El razonamiento es que, con una izquierda que considera peligrosa, una república sería un riesgo, pero que tras episodios como la gestión de la catástrofe de la DANA el cálculo ha cambiado. La monarquía, en esta lectura, ya no compensa.
A eso se suma el desgaste propio de la institución: escándalos, comisiones, opacidad. Hay quien sostiene que la Corona se enmierda sola y que no hace falta que nadie la empuje. La crítica más dura no viene de la izquierda, sino de un sector de la derecha que hasta hace poco defendía la monarquía como mal menor y que ahora la ve como un lastre. El resultado es una pinza: los republicanos de siempre por un lado y los desencantados por otro.
La sucesión: Froilán, la princesa Leonor y el problema del heredero
El asunto de la sucesión aparece en el material con una mezcla de seriedad y guasa. Se llega a proponer al primogénito de la primogénita del rey emérito como auténtico heredero, con la broma de una eventual
guerra froilanista. Detrás del chiste hay una pregunta real: si el criterio de legitimidad es la sangre y el orden sucesorio, ¿por qué se acepta sin discusión el que establece la norma actual?
La respuesta es que la norma actual es la que es, y que la princesa Leonor es la heredera según la legislación vigente. Pero el debate no va de derecho sucesorio, va de relato. Y en el relato, la figura de la reina funciona como símbolo de todo lo que se considera ajeno a la institución: falta de linaje, falta de fe, falta de formas. La pregunta que queda flotando es si eso importa de verdad o si solo importa a quien ya tenía decidido que la monarquía sobra.
El análisis se atasca en el mismo punto donde empezó: una imagen de la reina sin santiguarse. Todo lo demás —la teología, la historia, el derecho sucesorio— se construye encima. Y no hay forma de saber si la imagen significa lo que se le atribuye o si solo significa que ese día no le apeteció persignarse.