Reconquista: los mitos que el nacionalismo no quiere revisar
¿Existió el Reino de España antes de la invasión omeya del siglo VIII? ¿Fue Don Pelayo un godo o un caudillo local? ¿Duró la Reconquista ochocientos años? La respuesta corta es que ninguna de estas preguntas tiene una respuesta única, y que quienes más certezas exhiben son precisamente los que menos fuentes manejan. El debate arranca con una tesis provocadora: el negacionismo del Reino Godo y el negacionismo de la conquista islámica son dos caras de la misma moneda ideológica.
¿Existía España antes de la invasión musulmana?
La primera afirmación del planteamiento es tajante: en el siglo VIII el Reino de España fue invadido por los ejércitos del califato omeya, colapsó y desapareció. Poco después surgieron núcleos de resistencia cristianos que reivindicaban la continuidad legal del reino godo. Según esta lectura,
no hay ninguna fuente que diga lo contrario: los cristianos del norte, fueran gallegos, navarros, leoneses, asturianos, catalanes o aragoneses, identificaron la derrota como la pérdida de un reino común.
Frente a esto, hay quien sostiene que el Reino de España no existía como tal y que lo que había era un conglomerado visigodo en descomposición. La discusión no es baladí: de ella depende si la Reconquista fue una restauración o una construcción a posteriori. El planteamiento del tema señala que el antiespañolismo llega al paroxismo en autores que niegan incluso la existencia de los reyes godos, una tesis que el material atribuye a historiadores como Henry Kamen.
El negacionismo de la conquista islámica
En el extremo opuesto aparece una teoría que niega que hubiera una conquista desde el norte de África. Su principal valedor citado es
Ignacio Olague, quien sostenía que la población peninsular fue adquiriendo el Islam de forma orgánica y que Al-Ándalus habría sido algo típicamente español y europeo. Olague estaba vinculado a Falange, y sus tesis son hoy compradas por sectores andalucistas y de extrema izquierda interesados en vender una conquista pacífica o directamente inexistente.
El material no deja lugar a dudas sobre la valoración de esta tesis: la califica de «loca» y señala que su interés actual es el blanqueamiento del Islam. La discusión, sin embargo, no se cierra ahí. Hay quien matiza que la conquista fue rápida precisamente porque el reino visigodo era frágil, y que esa fragilidad se explica por un sistema de aristocracias endogámicas que generaban antipatía allá donde se implantaban.
El mito nativista y la invención de los pueblos del norte
Aquí está el núcleo del asunto. El llamado mito nativista sostiene que los godos nunca controlaron el norte peninsular, que los caudillos cristianos no tenían relación con lo godo y que los pueblos del norte se habían mantenido ajenos a la romanización. Es decir, que los asturianos o cántabros del siglo VIII se corresponden con los del siglo I a.C.
La evidencia arqueológica, según el planteamiento, demuestra lo contrario:
el dominio godo fue pleno, y hoy ni la historiografía más regionalista niega el dominio visigodo. La teoría nace de Barbero y Vigil y postulaba que los pueblos del norte eran una suerte de aldea gala aislada que después se habría sublevado contra godos y musulmanes sin que esté claro el porqué. No hay diferencias en tumbas ni documentos que permitan identificar a esas gentes como pueblos aparte.
¿Era Pelayo godo o astur? El problema de los nombres
Uno de los argumentos más repetidos es que Pelayo no era godo porque se llamaba Pelayo. El material califica este razonamiento de absurdo:
no podemos saber si Pelayo era godo, pero sí sabemos que decía serlo y que tiene sentido que guerreros del ejército visigodo se refugiaran en el norte. Hay otros ejemplos de godos con nombres romanos, como el papa Pelagio II, y nombres hebreos en la época sin que nadie deduzca etnia alguna.
El interés de hacer a Pelayo no-godo responde, según esta lectura, al mismo mito nativista. Lo importante, se argumenta, no es si Pelayo era godo o nativo, sino que los núcleos de resistencia reivindicaban una continuidad legal. La discusión deriva hacia figuras como Iñigo Arista, teóricamente vascón pero nacido en Aragón y con conexiones con los Banu Qasi, o Rodrigo, al que se pretende hacer pasar por astur cuando los parentescos documentados apuntan a otra cosa.
¿Duró la Reconquista ochocientos años?
Otro de los mitos señalados es la cifra redonda de los ochocientos años. En la cornisa cantábrica, la presencia musulmana no llegó al medio siglo, y para 1085, con la reconquista de Toledo, toda la mitad norte peninsular estaba recuperada. Para mediados del siglo XIII, unos quinientos años después de la invasión, todo el territorio estaba reconquistado salvo el pequeño Reino de Granada.
La cifra de ochocientos años se sostiene solo si se cuenta hasta 1492, lo que equivale a medir la Reconquista por su episodio final y no por su desarrollo. El material subraya que la Reconquista se dio en distintas fases con enormes recuperaciones territoriales, y que ni en el momento de mayor primacía musulmana, la época de Almanzor, este consiguió una victoria definitiva.
El concepto de Reconquista y su deconstrucción
La última derivada del debate es el propio término. Se argumenta que la idea de Reconquista es una invención facha del siglo XIX, pero el material sostiene que el término nace en el XVIII y que su uso no tenía connotación política hasta que se buscó deconstruirlo. La discusión sobre si la Reconquista fue un proceso continuo o una serie de episodios inconexos sigue abierta.
Hay quien va más allá y plantea que el origen de la continuidad política que legitima la España actual no viene del Reino Visigodo a través de Pelayo, sino del Imperio Carolingio. Es una tesis minoritaria, pero ilustra hasta qué punto el debate sobre los orígenes es también un debate sobre la legitimidad del presente.
Al final, la pregunta no es si la Reconquista existió, sino cuántos mitos caben en ochocientos años. Y la respuesta, como casi siempre, depende de quién paga la factura de la historia.