El término que ridiculiza a la madre que prioriza a sus hijos
Hay una palabra inglesa circulando que divide opiniones más por lo que insinúa que por lo que dice. Un artículo del 23 de agosto la resume así: ridiculiza a la mujer que, después de ser madre, ya no pone a su pareja en primer lugar. La polémica no es nueva, pero la etiqueta sí. Y ha servido para que muchos den voz a una queja que llevaban tiempo callando: la vida sexual en el matrimonio desaparece cuando llegan los hijos.
Un contrato en el que una parte puede dejar de cumplir
El matrimonio se parece cada vez más a un contrato con cláusulas que nadie firma. Hay quien sostiene que la exclusividad sexual era, en el pacto tradicional, una de las contraprestaciones básicas: el hombre provee, la mujer entra en la relación. Cuando la esposa decide que ya no quiere o no puede mantener relaciones, el marido se encuentra con que ha perdido la prestación, pero no ha ganado ninguna causa de rescisión. Si busca fuera, es un infiel. Si se calla, un frustrado.
Los comentarios a la noticia inciden en esa asimetría. La lectura económica es demoledora: se pide al hombre que siga aportando su nómina, las tareas de casa y la crianza, pero el sexo deja de estar en el paquete sin negociación previa. En uno de los casos que dan la vuelta al círculo, el matrimonio lleva años sin intimidad y ella, para más inri, le ha autorizado expresamente a buscarse otra. ¿Dónde queda entonces el valor de la exclusividad?
La otra lectura: cansancio, deseo y presión
La respuesta no se hace esperar. Si la mujer no desea, hay razones que van más allá de la maldad: el agotamiento de la maternidad, la carga mental, la falta de descanso. Quienes se ponen en ese lado del contador recuerdan que el deseo no obedece a un calendario y que exigir sexo como parte del contrato es exactamente la presión que consigue apagarlo todavía más. Una psicóloga citada en la conversación lo resume: el consentimiento no desaparece porque exista un matrimonio. Y eso, en un discurso que anima a buscar fuera, suena a alerta.
El choque es frontal. Unos ven a la mujer como dueña de su deseo y a la pareja como un proyecto que se renegocia. Otros ven a un empujador de carritos al que le han cambiado las reglas del juego a mitad de partido. El término, en el fondo, es la herramienta que usa cada bando para nombrar al enemigo.
¿Divorcio, tolerancia o resignación?
Sobre la mesa aparece una tercera vía: si no hay sexo, que no haya farsa. El divorcio, dicen, es la salida limpia, pero no está al alcance de todos; en palabras de uno de los análisis, solo deberían casarse quienes puedan permitirse una separación no traumática. La otra opción, tolerancia pactada, existe pero rara vez se dice en voz alta. Autorizar la búsqueda fuera del matrimonio es casi siempre un acuerdo de dos, no una humillación de uno.
La pregunta de fondo no es si el término es justo, sino por qué sigue habiendo tanta gente que cree que el matrimonio da derecho a exigir lo que el deseo ya no otorga. Mientras unos acumulan casos de abstinencia crónica y otros responden con el consentimiento, el anglicismo de moda cumple su función: dar nombre a una batalla que no se gana con etiquetas.