La Policía avisa: la regularización puede colapsar el sistema
La advertencia interna de la Policía Nacional ha puesto cifras al peor escenario: el proceso de regularización extraordinaria de forasteros podría alcanzar los tres millones de personas, sumando la reagrupación familiar. Esa cifra, que supera con creces las previsiones iniciales, ha desatado un cruce de acusaciones entre el Ministerio de Inclusión y los cuerpos policiales.
La cifra que no cuadra
Altos mandos del área de Extranjería calculan que al final del proceso serán tres millones de personas con residencia legal, no las que se anunciaron en el arranque. El problema, según estas fuentes, es doble: la gestión ha quedado en manos del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, y la Policía se ha visto apartada de unas competencias que considera suyas. La capacidad para absorber las solicitudes y los mecanismos de verificación de identidades generan un atasco que, denuncian, se convertirá en un colapso administrativo.
¿Hacia dónde miran los que llegan?
Hay lecturas que van más allá de la gestión. Algunos analistas sostienen que la regularización española funciona como una vía de entrada a la UE: una vez obtenida la nacionalidad –en unos años– los nuevos ciudadanos podrán desplazarse libremente por toda Europa. Francia e Italia, con sus propios irregulares, verían cómo una parte de esa presión se traslada a España. Es el llamado efecto desplazamiento, un flujo que nadie reconoce oficialmente pero que late en los informes policiales y en las reuniones comunitarias.
La sospecha de un trasfondo electoral tampoco se ha quedado en el cajón. La idea de empadronar a dos millones y medio de descendientes de españoles –nietos, bisnietos o tataranietos– para arañar escaños en los consulados recorre los pasillos del Congreso y las redes. Entre los que regularizan hay quienes han pagado hasta 5.000 euros a mafias para obtener los papeles. Diferencia entre pagar por el papel y quedarse donde haya más paguitas. A corto plazo, sostienen algunos, no conviene mover el árbol; a medio, el pasaporte español abre todas las puertas.
El sistema que aguanta a pesar de todo
Pese al ruido, el sistema está acostumbrado a resistir. Pero esta vez el pronóstico es distinto. Los cálculos más pesimistas incluyen el coste de las pensiones, los sueldos de funcionarios y las pagas sociales en una ecuación que, dicen, tiene un límite. Cuando los mercados decidan dejar de financiar el déficit, se plantará la factura. La cuestión ya no es si el colapso llegará, sino qué viene después: recortes, revueltas y un Estado policial que, paradójicamente, los que hoy denuncian el caos podrían acabar pidiendo a gritos.