La pequeña ciudad inglesa donde se inventaron el rugby, el motor a reacción y la holografía

Dejad de echar bills sobre inmis, que hay que echarla sobre los pogre y los liberticidas. Prefiero cualquier forastero si tiene buenos valores, a un pogre o a un elbichitoiota.
 
Capitulo I: El Eco de una República Perdida

El aire en La Madriguera olía a metal quemado, lubricante rancio y caf estim recalentado por cuarta vez. La pequeña base rebelde, excavada a medias en las entrañas de un asteroide olvidado del sistema Periphery Alpha-7, era más una promesa que una fortaleza. Bajo la luz parpadeante de proyectores viejos y entre ecos de goteras lejanas, ecosistemas moribundos de la galaxia parecían murmurar su propia desesperanza.

Pero ese día, en la sala de reuniones improvisada con contenedores de carga como mesa y generadores inestables como calefacción, no era el olor ni la penumbra lo que asfixiaba, sino la frustración.

Los hologramas que titilaban sobre la mesa eran pequeños cuadros de derrota. Una CR90 Corvette envuelta en llamas, rodeada por los esbeltos perfiles de cruceros clase Gozanti. Un GR-75 huyendo en espiral ante los disparos disciplinados de un Arquitens. Y, omnipresente como una sombra imperial que nunca duerme, el contorno afilado de un Victory-class Star Destroyer, girando lentamente sobre un mundo sin nombre.

Goran Rusk gruñó algo ininteligible y golpeó la mesa con el puño. El holograma tembló y algunas imágenes se desvanecieron con un chirrido.

—¡Esto es ridículo! —rugió, la voz gruesa por años de respirar vapores de motores y llena de cólera acumulada—. ¡Una maldita Gozanti nos hace bailar como cadetes ebrios! ¿Lo veis? ¡Un maldito carguero con cañones pegados! ¿Y qué tenemos nosotros? ¡Cascajos y buenos deseos!

El silencio que siguió se llenó del zumbido lejano de un compresor sin aislar. Tann Vrell no necesitaba decir nada todavía; sus lekku se movían lentamente, como serpientes azules que olfateando una tormenta. Cruzó los brazos y clavó la mirada en Goran, la cicatriz en su lekku izquierdo se reveló más pronunciada bajo la luz azul.

—No grites, Rusk. Todos sabemos el problema. —Su voz tenía filo, pero no rabia—. La Alianza guarda la flota de verdad para los frentes grandes: los DP20, los Assault Frigates, incluso un par de viejos Mon Calamari. Nosotros... somos un pequeño apoyo en un rincón del borde exterior. La carne de fuga. Y a veces, de cañón.

Hace más de dos meses que por aquí no ha pasado ni un X-Wing.

Sus ojos se clavaron en la silueta del Victory-class.

—Necesitamos algo que imponga respeto. Algo que haga que hasta un Arquitens se lo piense dos veces antes de perseguirnos.

Desde el rincón más alejado, donde R3-S7 proyectaba mapas estelares sobre una pared oxidada, Lyra Kestis levantó la vista. Era joven aún, pero la forma en que hablaba —casi como si recitara desde dentro de una crónica galáctica olvidada— hacía que incluso Goran se callara, aunque fuera por un momento.

—Respeto... como el que imponían los Venator-class durante las Guerras Clon —dijo con suavidad.

Las palabras colgaron en el aire como el eco de un nombre sagrado. Durante un instante, nadie respondió. Era como si el fantasma de la Antigua República hubiese cruzado el umbral de la sala y se hubiese sentado con ellos.

Goran soltó una risa amarga.

—¿Venators? Por favor... Esos dinosaurios tienen veinte años encima, por lo menos. El Imperio los mandó al desguace o a pudrirse en atmósferas tóxicas hace una vida. Son historia, igual que la República que los construyó.

—Justamente, y los dinosaurios también dominaron su era, Goran. —replicó Lyra, y en su tono había algo nuevo, un fulgor contenido, casi febril—. Esas naves son historia, una historia que el Imperio desprecia. Que ha intentado borrar. Pero no todos los Venator fueron desmantelados. Algunos fueron demasiado caros de reparar, demasiado dañados, políticamente incómodos o simplemente… innecesarios. Los remolcaron a cementerios orbitales, los dejaron flotar sobre planetas que nadie recuerda. Los abandonaron.

R3-S7 chirrió con escepticismo, pero obedeció al instante cuando Lyra le indicó ampliar un sector del Borde Exterior. Las estrellas se dispersaron y apareció un campo orbital vacío, lleno de siluetas largas, colosales… y oxidadas.

—Hay cementerios orbitales donde podrían existir naves capitales. Intel rebelde lo menciona de pasada en el informe del sector. Por ejemplo, en una órbita alta sobre un planeta inhabitable. Sin presencia imperial significativa. Y aquí —tocó un punto en el holograma—, hay registros parciales de varios Venator remolcados allí tras la Purga.

Tann se inclinó hacia adelante, con los ojos entrecerrados.

—¿Estás diciendo que aún existen? ¿Enteros?

—Operativos, no. Pero relativamente completos, posiblemente. Recuperables, si somos audaces.

Goran bufó, pero esta vez no había burla. Solo cálculo.

-Si es valioso, dudo mucho que esté ahí abandonado sin ningún tipo de vigilancia. Y que nadie haya ido a intentar sacar algo valioso de allí. Estoy seguro que de uno de esos cascarones se pueden sacar piezas y componentes por valor de un par de millones de créditos.

-Además, si conseguimos uno… ¿podría pelear?

- Bueno, posiblemente ya hayan sido saqueados los componentes más móviles y con mayor valor. El estado actual es una incógnita.—Pero podría vivir —respondió Lyra—. Escudos deflectores diseñados para enfrentar flotas separatistas. Hangares enormes, adaptables a nuestros cazas, o cualquier cosa que queramos almacenar. Ocho torretas dobles DBY-827, turboláseres, cañones de iones. Y un hipermotor Clase 1. No ganaremos contra un Imperial-I, pero a un Arquitens lo hace pole.

Tann ya estaba haciendo cálculos mentales, visualizando tuberías, reactores, escudos rotos. Respiró hondo.

—Recuperarlo no es imposible… pero sí una tarea enorme. Necesitaríamos piezas, combustible, ingeniería, sigilo. Una operación de semanas. Y mover un Venator… es como prenderle una baliza al sistema entero gritándole al imperio donde nos ocultamos.

—Pero tendríamos una nave capital —dijo Goran. Y por primera vez en meses, sonreía con algo parecido a esperanza—. Una base móvil. Un símbolo. Algo que diga “no corremos más”.

R3-S7 chirrió tan fuerte que casi cayó de su plataforma. Tann arqueó una ceja, luego sonrió.

—Dice que conserva todos los planos del Venator en su memoria. Mantenimiento, esquemas, protocolos. De cuando estaba asignado a Rendili. —Se volvió hacia Lyra, más seria—. ¿Crees que podrías confirmar el estado de alguno?

—Dame unas horas y cruzaré los datos. Quizás podamos identificar uno que no esté tan deteriorado.

Goran ya abría una holotabla, garabateando ideas. Tann comenzó a trazar líneas en el aire pole. Y Lyra, por primera vez en mucho tiempo, sintió que su obsesión con los vestigios de la Antigua República no había sido en vano.

La frustración no se había ido. Pero ahora tenía una forma. Un propósito. Un nombre.

Venator.
 

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