Bable: del «solo se escucha en aldeas» a la ofensiva por la oficialidad
El 30 de septiembre, la gerente de la Sociedad Mixta de Turismo del Ayuntamiento de Ferrol, María Luisa López, publicó en Twitter que el asturiano «solo se escucha en aldeas» y lo habla «gente mayor sin estudios». Se definía como asturiana criada en la comunidad hasta los 25 años y decía no haberlo hablado ni entendido jamás. El presidente asturiano, Adrián Barbón, replicó con una palabra: respeto.
Un mensaje en una red social no mueve leyes. Pero aquel cayó sobre terreno abonado: una norma de
1998, una Academia que fija el estándar, una asignatura en las aulas y una propuesta de cooficialidad que Barbón —secretario general de los socialistas asturianos— pretendía llevar en su programa y dejar aprobada
antes de 2023. De fondo queda la pregunta incómoda: ¿cuánto de esa lengua existe fuera de los despachos?
¿Qué se habla de verdad en Asturias?
La respuesta, según quienes viven allí, es más simple y más incómoda que cualquier folleto. Hay palabras sueltas, acento y terminaciones propias —el «esti ye un babayu», los
fierru y
fíu que suenan a latín—, pero la conversación diaria va en castellano, en la ciudad y en la aldea. La única zona con una lengua claramente distinta es el occidente, la franja del Eo-Navia, donde se habla
eonaviego, un dialecto del gallego.
El resto son bables, en plural, y ahí está el detalle que desmonta cualquier unificación: cada casa habla el suyo. Variantes que cambian de un pueblo al de al lado y que, en no pocos casos, no se entienden entre sí. Sobre ese mosaico, la Academia de la Llingua construyó un asturiano estándar —descrito por sus críticos como un
frankenstein lingüístico— que no coincide con ninguno de los hablados.
El conflicto no es lingüístico, es de presupuesto
El argumento que más pesa no es académico, es contable. Según se sostiene en el propio hilo, el certificado de nivel C de asturiano otorga
3 puntos adicionales en las plazas de empleo público, y quien no lo tenga tendrá que pasar por una academia si quiere competir en igualdad. Es ventaja y es dinero:
170 millones anuales y 4.000 empleos, según las cifras que se manejan en la discusión, el 4% del presupuesto del Principado y en torno al 0,7% del PIB.
Conviene subrayar que esa cifra es una afirmación de parte, no un dato oficial contrastado. Lo que sí consta es la postura de la Consejería de Educación, cuyo titular,
Genaro Alonso, ha señalado que «lo que más le conviene a la Llingua es la oficialidad», y el rechazo de los impulsores a someter la medida a consulta popular, algo que se atribuye a un concejal de Educación de IU en Mieres. Cuando un proyecto no quiere pasar por las urnas, suele saber por qué.
La masonería, Foro Asturias y el relato que sobra
El texto que abrió la discusión iba más lejos: situaba la operación lingüística en una supuesta red masónica que controlaría las instituciones asturianas y buena parte del arco parlamentario. Es una tesis que se lanza sin aportar una sola prueba y que conviene dejar donde está, en el terreno de la sospecha. Lo verificable es otra cosa: que la bandera del asturiano ha pasado por manos de IU, Podemos y también de Foro Asturias, la formación que llevó a Álvarez Cascos a la presidencia del Principado, y que un histórico dirigente nacionalista fue candidato a la presidencia por Endecha Astur en 1999 y 2003 tras participar en la fundación de Izquierda Unida.
El dato relevante no es de qué logia era cada cual, sino que la reivindicación ha ido saltando de siglas en siglas sin que la calle la secundara.
León, Extremadura y el mismo guion
Asturias no es un caso aislado. En León, el Ayuntamiento ha cambiado los rótulos de las calles para incluir su traducción al llionés, con el argumento de un idioma ancestral perdido. En Extremadura se habla de un extremeñu que, según la versión local, se viene hablando toda la vida. El patrón se repite: rescatar del olvido una lengua, colocarla en la norma autonómica y regarla con subvenciones.
La comparación que aparece una y otra vez es la del catalán contemporáneo o el euskera batua, unificados desde arriba sobre variantes que no siempre se entendían. Queda flotando una pregunta: qué gana una sociedad cuando su administración fabrica una identidad diferencial y le pone precio.
¿Cuánto asturiano se habla realmente?
Menos de lo que sugiere el ruido. En Gijón, la ciudad más poblada de la región, la inmensa mayoría no lo habla. Hay quien asegura no haber escuchado nunca a nadie conversando en asturiano en persona y quien lo reduce a una franja de población muy mayor y muy aislada. En este asunto no aparecen cifras oficiales de uso —esa es, precisamente, la carencia que ninguna de las dos partes termina de explicar—.
Bimenes, la excepción que confirma la regla
Existe un municipio, Bimenes, donde el asturiano es lengua oficial. Se cita como prueba de que el proceso avanza. Con la cooficialidad pendiente y 2023 como horizonte, el asunto sigue abierto y la lengua, mientras tanto, ni se ha expandido ni ha desaparecido. Ahí se atasca el análisis: nadie sabe cuántos hablantes harían falta para que la discusión dejara de ser política y empezara a ser lingüística.