La OTAN no está perecid, pero su relato agoniza
La Alianza Atlántica se enfrenta a una crisis de credibilidad que ningún comunicado oficial puede maquillar. Las bromas sobre su supuesta gloria —«¿Tan perecid como Netanyahu?», «no parece que esté perecid»— reflejan un escepticismo que va más allá del humor de taberna. Los recientes desencuentros entre socios, la fatiga bélica y la falta de un enemigo claro han dejado a la organización en una posición incómoda: formalmente viva, pero con el alma en suspenso.
El síntoma de las cumbres vacías
Las últimas reuniones de la OTAN han estado marcadas por la ausencia de acuerdos sustanciales. La referencia a Zelenski al lado de Sánchez, o la mención de Netanyahu, sugieren que la agenda se ha fragmentado en intereses particulares. La promesa de «darnos Patriots» ya no ilusiona. La broma de que «la OTAN no estaba perecid, estaba de parranda» condensa la percepción de una institución que ha perdido el rumbo.
¿Guerra fría o fuego de artificio?
Quienes sostienen que la OTAN sigue vigente señalan el aumento del gasto militar europeo y la entrada de Finlandia y Suecia. Pero los críticos contraargumentan que eso es puro reflejo condicionado: Rusia ya no es la amenaza existencial de antaño, y el verdadero desafío —China— queda fuera del perímetro defensivo. La ironía de que «la hasosiasióh hejjpengleriana» tenga más futuro que la OTAN no es solo humor: apunta a un relevo geopolítico.
El debate queda abierto: si la OTAN muere, ¿quién hereda su rol? La respuesta, de momento, es ninguna estructura clara. Y eso, para una alianza militar, es casi lo mismo que estar perecid.