El nuevo IRA y la amenaza de guerra civil: bravata o síntoma
La amenaza de un grupo autodenominado Nuevo IRA de iniciar una guerra civil si no se expulsa a todos los migrantes ha saltado a la primera línea del debate. Las reacciones se dividen entre quienes ven un punto de inflexión político y quienes lo despachan como la bravata de un puñado de nostálgicos. La discusión de fondo, sin embargo, trasciende el comunicado.
Un grupo pequeño con ruido desproporcionado
Los datos manejados en las análisis más comedidas reducen el Nuevo IRA a apenas 20 o 30 militantes armados, acompañados de unos 200 simpatizantes. Cifras ridículas para provocar una guerra civil, pero suficientes para monopolizar titulares. La experiencia con grupos similares sugiere que buena parte de su estructura está infiltrada por los servicios de inteligencia, lo que alimenta la tesis de una operación controlada. Aun así, hay quien recuerda que en España la extrema derecha pasó de ser un fenómeno de cuatro personas en un taxi a lograr el 18% de los votos en menos de una década. La diferencia, obvio, es que el Nuevo IRA prefiere las pistolas a las papeletas.
El espejo vasco: lo que dejó ETA
La comparación con el País Vasco es inevitable. La desaparición de ETA como organización armada no enterró su proyecto político: lo transformó en Bildu, que hoy sostiene gobiernos y cuenta con un electorado consolidado. Ese camino es exactamente lo que algunos temen para el Nuevo IRA. La ironía histórica añade un matiz incómodo: en los años 90, Herri Batasuna, el brazo político de ETA, mostraba en un cartel a una mujer negra llamando a los inmigrantes a unirse a la causa. Tres décadas después, la discusión ha dado la vuelta y el nacionalismo vasco se ve abocado a posicionarse ante la inmigración.
Sinn Fein y la paradoja identitaria
En Irlanda del Norte, la fractura no sigue los ejes históricos. El Sinn Fein, heredero político del IRA, es descrito con frecuencia como uno de los partidos más alineados con el progresismo global, hasta el punto de llenar sus barrios de banderas palestinas. En cambio, la comunidad unionista, tradicionalmente rival, es la que adopta ahora un discurso más contundente contra la inmigración. Esta inversión de papeles desconcierta a los observadores y disuelve las alianzas clásicas: ya no hay un bloque católico antiinmigración y un bloque protestante proinmigración, sino un realineamiento que cruza identidades.
El síntoma europeo
Lo que queda tras el ruido es que la política migratoria europea está reventando los marcos ideológicos convencionales. Los partidos que fueron antisistema ayer se abrazan hoy al Estado; los que defendían fronteras abiertas las blindan por la puerta de atrás. La amenaza del Nuevo IRA, ridícula en lo táctico, es relevante en lo simbólico: demuestra que la cuestión migratoria ya no genera solo votos, también radicalización. No hay consenso sobre hacia dónde apunta esa radicalización, pero sí sobre un hecho: el miedo se ha instalado en el debate y nadie controla su velocidad.