China apuesta por MOYA, el humanoide que cuida mayores
A MOYA le late una piel de silicona a temperatura corporal y camina con un 92 % de semejanza humana. El dato se presenta como hito de ingeniería, pero es también el motivo del rechazo: este humanoide de DroidUp no incomoda por lo que le falta, sino por lo mucho que se parece. Lleva cámaras ocultas detrás de los ojos, una IA capaz de responder en tiempo real y la plataforma Walker 3 como sistema de movimiento. Su destino anunciado no es una feria tecnológica, sino hospitales, residencias y centros educativos.
Por qué China quiere robots cuidando a sus mayores
El argumento de fondo es logístico antes que tecnológico: cada vez hay menos manos disponibles para atender a una población que envejece, y un aparato que no se cansa, no rota de turno ni negocia convenio encaja demasiado bien en esa ecuación. El diseño modular de MOYA apunta en la misma dirección: una misma base sirve para funciones distintas cambiando piezas, lo que abarata el mantenimiento y multiplica los escenarios de despliegue.
Conviene separar la demo del negocio. Que una máquina levante a un anciano de la cama sin lesionarlo es un problema de ingeniería resuelto a medias y de coste alto; que además sonría en el momento correcto es un problema de percepción, mucho más barato de vender.
El valle inquietante: parecerse demasiado también es un fallo
La recepción pública de MOYA se partió en dos desde el primer minuto. Una mitad celebra la proeza técnica. La otra retrocede ante un rostro que casi es humano y no termina de serlo, el fenómeno conocido como valle inquietante. Buena parte del interés derivó, además, hacia el uso afectivo y sensual del aparato, un segmento con demanda real que la industria del cuidado prefiere no mencionar en sus presentaciones institucionales. No es hipocresía nueva: es el mismo pudor con el que se habla de cualquier tecnología que toca el cuerpo.
Cámaras detrás de los ojos: el coste que no sale en el trinc
Un robot que ve y graba dentro de una residencia es una cámara permanente instalada junto a personas vulnerables, y eso sin contar el reconocimiento de emociones y microgestos que exige su software. La pregunta que ninguna demostración responde: quién custodia esas grabaciones, quién accede a ellas, cuánto tiempo se guardan y qué ocurre cuando el aparato cambia de propietario o de país.
Si la máquina que te ayuda a levantarte de la cama es también la que te observa, ¿quién decide el día en que deja de mirar?