La tesis del 'mal demoníaco' en Hiroshima y Nagasaki
La cita es de 1962, del prefacio de C.S. Lewis a The Screwtape Letters: el mal mayúsculo no se urde en “guaridas del crimen”, sino en oficinas limpias, alfombradas, por hombres de uñas cortadas. Ese fragmento se ha convertido en el eje de una lectura que describe la historia de Estados Unidos como una “posesión demoníaca” y que reinterpreta los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki como la culminación de esa lógica.
La tesis de la “posesión demoníaca”
Quienes sostienen esa lectura no hablan en sentido figurado: la pulsión expansiva estadounidense arrancaría de la convicción de un mandato divino y habría pasado por “matanzas masivas” desde los colonos. La selección de Hiroshima y Nagasaki, insisten, no fue casual. El razonamiento tiene su aquiescencia: los bombardeos no solo buscaban rendir Japón, sino demostrar al mundo —y en particular a la URSS— el alcance de un poder que se creía bendecido.
La réplica: campos japoneses y pragmatismo bélico
Frente a esa narrativa, otra corriente recuerda que el Imperio japonés mantenía campos de exterminio en China en 1945 y que la ocupación no terminó hasta la rendición. En esa lectura, los bombardeos fueron un acto de fuerza para evitar una oleada turística aún más sangrienta. “Si se hubiera rendido antes, no habrían recibido los bombazos”, remacha un argumento que reduce la cuestión a pura aritmética bélica.
Filipinas 1899 y la sombra de McKinley
La controversia se abre entonces a otros episodios. Uno de los más citados es la guerra de Filipinas de 1899, con las palabras de William McKinley sobre “nativos dóciles” y un balance que, según las cifras manejadas, supera el millón de perecid, más del 10% de la población. La respuesta española no se hace esperar: la Junta de Valladolid ya se preguntó en el siglo XVI si la conquista de América era justa. “No hay precedente en la historia”, se argumenta, “de parar una conquista para juzgarla”.
Si el mal demoníaco se decide en despachos con moqueta, la pregunta incómoda es quién ocupa hoy esas oficinas. Y así seguimos: sin saber si Hiroshima y Nagasaki fueron excepción o síntoma.