¿Quién es la compañía que compra libros viejos para alimentar a la IA y luego los destruye?
Una empresa canadiense ha irrumpido en librerías de todo el mundo adquiriendo miles de ejemplares sin salida comercial. Según denuncian los libreros, el proceso es simple: cortan el lomo, escanean el contenido y reciclan el papel. El resultado es la desaparición de copias físicas que pasan a alimentar un algoritmo. La noticia, publicada por eldiario.es, ha reabierto el debate sobre el control del conocimiento en la era de la inteligencia artificial.
La pérdida silenciosa de patrimonio cultural
Detrás de la operación hay una compañía cuya identidad no ha trascendido del todo. Adquiere lotes enteros de libros de segunda mano que languidecen en almacenes. El problema no es tanto con las ediciones masivas –de las que sobreviven cientos de copias– sino con la literatura local, los textos descatalogados y los ejemplares únicos. Al destruir el soporte físico, la información queda exclusivamente en manos de la IA. Cualquier modificación futura sería imposible de contrastar. Los paralelismos con “1984” y “Fahrenheit 451” son inevitables.
Entre el reciclaje y la censura digital
En España se publican más de 90.000 títulos al año, y a nivel mundial la cifra se acerca a los 2,4 millones. Muchos libros de viejo acabarían en la basura de todos modos. Sin embargo, el matiz está en la intencionalidad. Mientras que el reciclaje convencional no atenta contra la memoria, la digitalización con destrucción controlada por una empresa privada abre la puerta a la manipulación. Ya se han visto casos de reescritura de clásicos como los de Roald Dahl o la censura de títulos originales en Agatha Christie. La diferencia es que, con el papel, existía una versión inalterable.
Un negocio opaco que necesita regulación
Los libreros piden que antes de destruir se consulte a bibliotecas o archivos digitales como Archive.org. La tecnología permite escanear y preservar, pero el negocio de entrenar IA con material protegido por derechos de autor es un campo minado. La empresa actúa en la sombra, sin rendir cuentas sobre qué títulos destruye ni si deposita copias digitales. La pregunta que queda es si estamos ante un simple reciclaje o ante el inicio de un monopolio del conocimiento. Con las grandes tecnológicas, la experiencia dice que lo segundo no es tan descabellado.