Mourinho, Messi y la estrategia del enemigo común en el fútbol
El mecanismo de cohesión basado en crear un adversario exterior compartido se ha convertido en un lugar común en el deporte de élite. La figura de José Mourinho ejemplifica este enfoque: construir un grupo unido frente a un mundo hostil. Pero el análisis de su legado muestra que la estrategia, efectiva a corto plazo, tiende a agotarse cuando el enemigo desaparece o el grupo se acostumbra.
El caso Messi y la selección argentina
La evolución de Leo Messi en los últimos años refleja un patrón similar. Su comportamiento en el campo –señalamientos a árbitros, gestos de frustración– y las tensiones internas en la albiceleste (como el distanciamiento con Leandro Paredes) apuntan a una cultura que justifica la confrontación como motor de rendimiento. La crónica del Mundial de 1966, con un partido entre Argentina y Alemania descrito como uno de los más violentos, sugiere que esta mentalidad no es nueva.
El coste a largo plazo de la hostilidad como estrategia
El problema de este enfoque es su fragilidad estructural. Cuando el enemigo exterior se desvanece –porque se gana o porque el rival desaparece–, el grupo corre el riesgo de volverse contra sí mismo. El tercer año de Mourinho en el Real Madrid, que acabó en guerra civil interna, es un ejemplo clásico. Este ciclo se repite en equipos que basan su motivación en la animosidad externa, y no en un proyecto sólido de juego y valores.
La pregunta que queda abierta es si la selección argentina, tras ganar la Copa del Mundo en 2022, sabrá gestionar la ausencia de ese enemigo común y construir una identidad menos dependiente del conflicto.