Ofensiva ucraniana sobre Jersón: sin avances y referéndum en marcha
Un responsable civil de la administración instalada por Moscú en la región de Jersón, Kiril Stremousov, salió a confirmar que la ofensiva ucraniana sobre ese territorio acumula nuevas bajas. Lo hizo con una fórmula macabra: los caídos, dijo, «se han reunido con Bandera». Ni una cifra, ni una imagen, ni una coordenada. Así se está contando la batalla por el sur de Ucrania, entre partes que llevan meses anunciando el derrumbe de la contraria.
El anuncio se produce cuando la ofensiva ucraniana sobre Jersón se da por agotada y Moscú empuja el calendario hacia un
referéndum de anexión que, en la práctica, cerraría cualquier salida negociada sobre el terreno. El reloj ya no lo marca el frente, sino la papeleta.
¿Qué ha pasado en Jersón?
La confirmación del fracaso llega de una fuente interesada, y así se lee. Stremousov aparece descrito por sus críticos como un cargo al servicio de la administración impuesta, objetivo prioritario de la resistencia ucraniana, obligado a moverse con escolta y a esconderse. La réplica a su anuncio no discute la cifra —no la hay— sino la credibilidad del mensajero: se sostiene que la ofensiva ucraniana ha eliminado ya a varios responsables de esa estructura.
El intercambio no se queda ahí. En las últimas vueltas de la discusión aparece una afirmación de mayor calibre: que el propio Stremousov ha muerto, y que habrían sido los suyos. No hay confirmación independiente, ninguna fuente oficial lo respalda y el material lo deja justo donde estaba, como una versión más lanzada al aire.
El dato que anunciaba el fracaso ajeno es ahora el dato en disputa.¿Por qué no avanza el contraataque ucraniano?
El argumento más repetido es militar y muy simple:
sin aire no se toma nada. Intentar recuperar una posición fortificada sin superioridad aérea, con la artillería rusa dominando las líneas de aproximación, convierte cualquier avance en una sangría. Quien sostiene eso no ve en la operación un plan fallido, sino un plan imposible desde el punto de partida. A eso se suma la sospecha de que el objetivo real nunca fue tomar la capital regional, sino fijar tropas rusas lejos de otros frentes.
Otro bloque de críticas apunta al calendario y al relato. Hay quien describe un patrón semanal: los anuncios de avances llegan el fin de semana, cuando más gente ve la televisión, y a mitad de semana el mapa ha vuelto a su sitio. De ahí el escepticismo con cada nueva ofensiva anunciada, por mucha expectación que genere. Y una tercera línea recuerda las previsiones anteriores —miles de soldados rusos cercados que iban a caer en cuestión de horas— que nunca se materializaron. Los propios implicados discuten si eran mil o dos mil: esa falta de acuerdo sobre un número tan básico resume el problema.
Transnistria, el objetivo que aparece cuando el frente se atasca
Cada vez que el avance se atasca en el sur, vuelve el mismo escenario:
Transnistria. Es la hipótesis del desvío —una
finta en Jersón para reventar por otro lado— y tiene su propia contabilidad. Los rusos están allí desde 1992 y atrincherados a conciencia desde 2014. Se atribuyen a esa fuerza unos
20.000 efectivos con arsenales suficientes para aguantar años sin ser suministrados: cuatro divisiones de infantería motorizada, tres brigadas de lanzamisiles y artillería de tubo.
El terreno juega a favor de quien defiende. La cuenca del río Dniéster forma llanuras aluviales perfectas para batir desde la otra orilla y cadenas de montes con elevaciones de entre 300 y 400 metros. Un territorio así no se toma en una semana de ofensiva, ni con prisa, ni sin medios. Cada vez que alguien coloca esa flecha en el mapa, la conversación se enfría: no hay plan B barato.
Donbás: los bombardeos que se usan como arma argumental
La discusión sobre Jersón deriva siempre al mismo punto: el Donbás. Los reproches cruzados echan mano de la artillería —en sentido figurado y en el literal— para descalificar la legitimidad del contrario. Se citan 400 proyectiles lanzados contra Donetsk a principios de junio, con víctimas civiles de por medio, y se retrotrae la cuenta a 2014, cuando, según una de las versiones en liza, ya morían menores en la zona. Son acusaciones cruzadas, sin verificación independiente en el material.
Funcionan como munición moral en ambos sentidos, y eso explica por qué ninguna de las partes suelta el terreno de 2014: quien controla el relato de los últimos años justifica la guerra de hoy.
¿Anexión o negociación?
Si el frente no se mueve, el papel sí. La lectura más pesimista para Kiev sostiene que Ucrania acabará negociando la entrega de territorios para evitar que el conflicto escale, y que su margen real de decisión depende de Washington. La contraria recuerda que la ventana diplomática se cerró en el primer mes de guerra y que, a partir de ahí, Moscú llegará hasta donde haya marcado como objetivo.
Con el referéndum como horizonte, la tesis que gana peso en el corto plazo es la de la congelación: una vez celebrada la consulta, las tropas no se moverán de allí y la persecución de opositores continuará. La discusión, en cualquier caso, se interrumpe antes del recuento.
Queda una cifra sin cerrar y una pregunta sin dueño. La fuente que anunciaba el fracaso de la ofensiva ucraniana está, a su vez, en el punto de mira de la resistencia; y en la última vuelta del intercambio, ese mismo cargo aparece dado por muerto a manos de los suyos, sin prueba alguna. La guerra de cifras sigue sin árbitro. Y sin cadáver verificado.