La paradoja de la IA: más eficiencia, menos precios, y un Estado que no sabe dejar de gastar
¿Qué pasa si la inteligencia artificial dispara la productividad y los precios caen? La respuesta, según el análisis de varios expertos en economía y política, no es una mejora del bienestar general, sino una reacción inflacionaria del sector público para mantener su estructura clientelar. El escenario dibujado es el de una deflación inducida por la automatización —abaratar costes en logística, administración, servicios— que choca contra el muro del gasto público insaciable.
El argumento central es que cualquier ahorro generado por la IA en el sector privado será absorbido por el Estado vía más impuestos o emisión monetaria. La razón es simple: la administración no tiene incentivos para reducir su tamaño. Al contrario, cada ganancia de eficiencia en el sector privado se traduce en más presión para financiar redes clientelares, subvenciones y organismos que no se tocan. Como apunta un veterano analista, «reducir gastos es contraproducente para ellos. ¿Sabes lo que es una red clientelar?».
Donde la IA sí será eficiente: Hacienda
El único departamento donde la IA se aplicará con entusiasmo es el Ministerio de Hacienda. La recaudación es sagrada. La tecnología permitirá cruzar datos, detectar embelecos y optimizar el cobro de impuestos con una precisión milimétrica. El resto de servicios —sanidad, educación, justicia— seguirán con los mismos tiempos de espera, porque la eficiencia allí no interesa. El debate señala que la administración «solo usará la IA de forma eficiente en el departamento de Hacienda».
El resultado previsible es una combinación explosiva: precios a la baja por competencia y automatización, pero presión fiscal al alza para mantener el gasto público. En otras palabras, una deflación que no llega al bolsillo del ciudadano porque el Estado la neutraliza con inflación monetaria. El paralelismo con Zimbabue no es casual: cuando el sector público se niega a ajustarse, la maquinita de imprimir billetes termina por imponerse.
El ciudadano, entre la productividad y el expolio
Mientras las empresas reducen costes gracias a la IA, el ciudadano medio ve cómo su cesta de la compra no baja —el aceite a 15 euros, como ironiza un participante— y cómo los impuestos siguen subiendo. La productividad generada no se traduce en poder adquisitivo, sino en más margen para el Estado. La paradoja está servida: la tecnología que podría liberarnos nos ata más a la máquina recaudatoria.
La conclusión es poco halagüeña: a menos que el modelo de estado cambie radicalmente, la IA no traerá prosperidad compartida, sino un nuevo capítulo de la vieja historia de la inflación fiscal. Como resumen, «en todo lo que sea recaudatorio, en todo».