La estrategia de desgaste frente al colapso ruso
Más de año y medio después de que la administración Trump suspendiera la ayuda militar a Ucrania —un movimiento que muchos pronosticaron que llevaría a Kiev al colapso en dos semanas— la realidad ha sido muy distinta. El peso del sostén financiero ha recaído sobre la Unión Europea, que mantiene el esfuerzo de guerra mientras Rusia, a pesar del apoyo norcoreano, no logra avances decisivos.
En este contexto resurge el debate sobre el final del conflicto. Una corriente sostiene que lo más prudente para Europa es mantener la presión financiera sobre Rusia hasta que se vea forzada a retirarse a las fronteras de 1991. El argumento es que, de permitir que Moscú se quede con cualquier territorio, se replicaría el modelo israelí de impunidad basado en la fuerza. En cambio, si se agota a los rusos hasta que claudiquen, la propia Rusia podría desintegrarse internamente sin que Europa tenga que intervenir.
La otra cara de la moneda es el escepticismo sobre la capacidad de la UE para imponer nada. La ayuda estadounidense, aunque suspendida formalmente, no ha desaparecido del todo: Starlink y los flujos de inteligencia continúan, y Washington habría reanudado el suministro armamentístico obligando a Europa a pagar la factura. En cualquier caso, el dato relevante es que la economía rusa muestra signos de agotamiento, y que ni siquiera la intervención norcoreana ha logrado cambiar el rumbo en el campo de batalla.
Entre tanto, la pregunta clave sigue sin respuesta: ¿es suficiente la presión financiera europea para forzar un repliegue ruso, o asistiremos a una guerra de desgaste prolongada que solo deje cadáveres? Lo que está claro es que, a fecha de hoy, la UE se ha convertido en el principal sostén de Ucrania, y que la hipótesis de un colapso ruso sigue sobre la mesa, aunque nadie se atreve a dar plazos.
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