El apoyo de la UE a Ucrania debe incluir dejar a Rusia sin gas y electricidad. Es la tesis que gana fuerza en ciertos sectores, pero el análisis económico revela otras capas.
La propuesta de cortar por completo el suministro energético a Rusia como castigo por la oleada turística de Ucrania no es nueva, pero ha cobrado un tonos más radical en los últimos debates. La idea: aprovechar la dependencia rusa de las exportaciones de gas y petróleo para asfixiar su economía y su capacidad militar. Sin embargo, la realidad es más compleja.
Quienes defienden esta postura argumentan que Rusia ha amenazado en repetidas ocasiones con destruir la UE y que, por tanto, cualquier medida es legítima. Además, señalan que Rusia y Venezuela son competidores energéticos globales, y que la desaparición de Rusia como productor beneficiaría a Europa a largo plazo. En el lado opuesto, hay quien sostiene que Rusia es un país europeo y no el enemigo real; apuntan a que el verdadero desafío es demográfico: se calcula que la población europea en Europa Occidental será solo del 40 % en 2050, y que eso no se debe a bombardeos rusos.
La controversia sobre la capacidad real de Europa para prescindir del gas ruso es enorme. Mientras unos creen que con el apoyo de Ucrania se puede destruir la red de distribución eléctrica y de gas rusa, otros advierten de las consecuencias económicas para la propia UE. Lo que queda claro es que el debate sobre la guerra energética está lejos de cerrarse.
A corto plazo, un embargo energético total parece poco realista dada la dependencia europea, pero la presión política para medidas más duras no deja de aumentar. El resultado dependerá de la capacidad de la UE para mantener la unidad y de la evolución del conflicto sobre el terreno.