La muerte es el único momento en que el sistema pierde el control sobre ti
La tesis es provocadora: mientras vivimos, estamos atrapados en una noria de trabajo, hipotecas y deudas. El sistema nos programa para temer a la muerte, porque sabe que es su mayor amenaza. Pero si la muerte es solo la salida de la simulación, entonces el miedo es la herramienta que garantiza que sigamos remando.
El argumento central apunta a que la muerte iguala a todos, invalidando el relato meritocrático. Si el final es idéntico para el ejecutivo y el mileurista, todo el esfuerzo se diluye. La respuesta de los escépticos es directa: mientras estás vivo, disfrutas de placeres concretos –comida, sexo, viajes– que la muerte aniquila sin alternativa. Prefieren el bocadillo de mortadela a la promesa de una simulación que se apaga.
¿Y de qué sirve saberlo?
La pregunta clave no es si la muerte es una liberación, sino qué hacemos con esa conciencia. Algunos sostienen que saberlo permite remar con más ganas, al saber que todo es temporal. Otros creen que el sistema se sostiene precisamente porque la mayoría prefiere no pensar en el final. La ironía es que incluso quienes rechazan la idea de la simulación reconocen que el miedo a la muerte estructura la sociedad de consumo.
La reflexión no es nueva –Calderón de la Barca ya lo apuntaba– pero adquiere un filo económico en una era de precariedad y agotamiento. Si cada vez más personas empiezan a ver la vida como una trampa, el modelo de consumo responsable podría tambalearse. Pero, por ahora, la hipoteca sigue pesando más que la lucidez metafísica.