¿Ha caído el coeficiente intelectual con internet?
¿Es cierto que antes se pensaba mejor? La percepción de que la inteligencia colectiva se ha deteriorado con la era digital no es nueva, pero cada cierto tiempo resurge con virulencia. Quienes defienden esta tesis señalan varios frentes: el lenguaje se empobrece –cuesta articular una frase de más de diez palabras–, la capacidad de concentración se desvanece y la cultura popular se ha vuelto un vertedero de productos desechables.
La tecnología, lejos de liberarnos, habría creado una dependencia comparable a la Matrix. La secuencia es conocida: internet ocasional, redes sociales, smartphones, realidad virtual, inteligencia artificial que piensa por nosotros. El siguiente paso, según los más pesimistas, sería la conexión directa mediante implantes cerebrales. Mientras tanto, los bebés crecen hipnotizados por pantallas desde el primer año, y se pierde el conocimiento artesanal que transmitían generaciones anteriores, como documentan los archivos de Monesma.
Pero no todo es unánime. Hay quien recuerda que la necesidad agudiza el ingenio: sin la comodidad de un clic, la gente tenía que resolver problemas con recursos limitados. Y en el terreno musical, se echa en falta la complejidad de bandas como Led Zeppelin o Héroes del Silencio frente a la producción industrial actual. El arte, se argumenta, es un termómetro fiable de la salud intelectual de una sociedad.
La paradoja es que este debate se libra desde dispositivos que probablemente estarán obsoletos en tres años. Lo que no cambia es la sospecha de que cuantas más respuestas tenemos, menos preguntas nos hacemos. Y eso, desde luego, no es buen síntoma.