Caos hospitalario: tres días para seguir una orden
En un gran hospital de la Comunidad de Madrid, los celadores convertían una sala de espera en una sala de observación en pocos minutos. Tres días más tarde, según el relato que firma una periodista en
Vozpópuli, las enfermeras seguían sin ejecutar las instrucciones de las doctoras y una paciente ingresada empeoraba. La paradoja es exacta: la maquinaria funciona donde nadie manda y se deshilacha justo donde debería mandar alguien.
Qué cuenta el relato del ingreso hospitalario
El texto describe una planta desbordada por la epidemia de gripe. Electrocardiogramas que se quedan sin hacer porque da pereza volver a comprobar si tocaban, pautas de medicación que no se respetan hasta que el enfermo reclama, errores señalados que se responden con evasivas en lugar de con el informe delante. El trato, eso sí, es exquisito:
cariño,
cielo y hasta
bombón. A los tres días, las doctoras dieron un golpe en la mesa y pidieron perdón por el caos, pero sin la autoridad que antes emanaba del médico parecía que no podían hacer mucho más.
La autora no escribe desde la barrera: acumula
28 años de relación con el sistema sanitario por una enfermedad pulmonar crónica y por la malformación aneurismática cerebral con la que nació su hija. Su consejo final no es un protocolo ni una reclamación: si ingresas, no te pongas a ciegas en manos de otros.
El caso del jefe de Pediatría de La Paz
El relato enlaza con otro asunto abierto. La UCI pediátrica de La Paz ha cerrado porque parte de sus facultativos se niega a trabajar con el jefe de servicio, Pedro de la Oliva. Según lo publicado, la Justicia le ha dado la razón a él, varios subordinados se coordinan para pedirse la baja a la vez y otros médicos, que prefieren el anonimato por miedo a CCOO y Amyts, defienden su labor. La autora no sentencia si el jefe es tóxico: dice que el patrón le suena a resistencia a la autoridad.
De la LOGSE al artículo 154 del Código Civil
La tesis del artículo es que el desarme fue por fases. Primero la escuela: la LOGSE habría despojado de autoridad al profesorado, rebajado el valor del esfuerzo y la disciplina y bajado la exigencia para que pasara de curso igual quien estudia que quien no. Después la familia: en
diciembre de 2007, el Gobierno de Zapatero eliminó del artículo 154 del Código Civil la frase que reconocía a los padres el derecho a corregir razonable y moderadamente a los hijos.
El resultado, según esta lectura, son generaciones que nunca han oído un no y que confunden deseos con derechos. El ejemplo que se cita es televisivo: una joven periodista exigiendo en un plató las mismas oportunidades laborales que una ingeniera porque ella lo vale, mientras un profesor de Economía intentaba explicarle la ley de la oferta y la demanda y ella respondía con muecas.
El pulso por el estatus de enfermería
Buena parte del conflicto se dirime en el escalafón. Enfermería ya es carrera universitaria y reclama el grupo A1: sueldo y reconocimiento a la altura del facultativo. La respuesta médica es que no se sostiene comparar
seis años de carrera más MIR con unos estudios que hasta hace poco eran un par de años y uno de prácticas. Que el colectivo esté fuertemente sindicado y haya encontrado oído en el Gobierno se añade al cuadro.
Hay quien sitúa el origen en otro sitio: en la falta de plantilla y en el empuje privatizador, no en la actitud de la gente joven. Y una parte de las respuestas, directamente, atribuye el desorden a la feminización de la plantilla y al colegueo igualitario; otra lo rechaza de plano por ser un prejuicio de género y no un diagnóstico.
¿Se ha caído el nivel de formación técnica?
El salto al ámbito educativo es inmediato. Un profesor de una politécnica asegura que los futuros ingenieros no saben de nada, especialmente de matemáticas, y resume: un bachiller de los años 60 está infinitamente más capacitado que un alumno de tercer curso de cualquier facultad española o europea. Otro docente aporta el ejemplo mínimo: alumnos que no saben cuántos kilos son una tonelada.
Frente a eso aparecen dos contraejemplos incómodos. Uno: un ingeniero de estructuras que aprobó casi toda la carrera copiando, lleva años firmando puentes en el norte de Europa y no ha hundido ninguno. Dos: la
inteligencia artificial. Si una máquina proyecta, alguien tiene que revisar el proyecto y detectar el disparate, y las herramientas que se han
IAzado fallan más que antes —hay quien ya no se fía del traductor que borra frases enteras—. En el fondo del plano aparecen el plan de recuperación y ese vocabulario que rebautiza la vieja resiliencia como resistencia a la frustración.
Las grietas del diagnóstico
No todo apunta en la misma dirección. Hay quien responde que hace veinte o cuarenta años las enfermeras no eran mejores, y quien sostiene, sin más rodeos, que el problema lo crea quien firma un título de ingeniería a alguien que no sabe matemáticas. También hay una corriente que no mira al personal joven sino a los médicos: los describe como prepotentes que, fuera de su especialidad y sin la bata, no aciertan más que el resto.
Lo que no aparece por ningún lado son cifras. Ninguna tasa de errores por cohorte de edad, ningún dato de eventos adversos que permita comparar generaciones. Testimonios, conflictos laborales y una intuición compartida. Con eso se escribe un artículo y se enciende una discusión; no se levanta un diagnóstico.
¿Se puede medir el descontrol de una planta con un relato y un pulso sindical, o el verdadero problema es que nadie ha puesto aún cifras al pie de la cama?