Carbón eléctrico: récord mundial mientras España apaga plantas
El mundo quemó en 2021 más carbón para producir electricidad que en cualquier otro año del que haya registro. La Agencia Internacional de la Energía puso cifra al desfase —un
9% de crecimiento anual— y avisó de que la demanda podría alcanzar nuevos máximos históricos «tan pronto como este año». El detalle incómodo: ese récord de la generación eléctrica con carbón se firmó mientras España desmantelaba sus últimas térmicas y la factura doméstica encadenaba subidas.
India y
China, con casi 3.000 millones de habitantes entre ambas, concentraron
dos tercios de la demanda mundial y los mayores incrementos, pese a haber desplegado volúmenes enormes de renovables. No es una contradicción: es una carrera en la que la energía baja en carbono no llega al mismo ritmo al que crece el consumo.
¿Qué países tiran del carbón?
La propia agencia lo dejó escrito con precisión burocrática: la recuperación económica de 2021 disparó la demanda eléctrica «mucho más rápido que los suministros bajos en carbono podían mantener». El gas natural, encarecido, empujó al carbón al hacerlo más competitivo en costes. Un 9% de subida en un año para una tecnología que llevaba dos ejercicios cayendo. Nada de esto es un misterio: es aritmética de mercado.
El mapa industrial hace el resto. A la fecha de esta discusión había
458 nuevas centrales térmicas de carbón en construcción en el mundo. Europa legisla contra el carbón mientras importa electricidad generada con él fuera de sus fronteras: la UE, con España a la cabeza, ha incrementado la compra de electricidad a centrales extracomunitarias.
¿Por qué España cerró sus térmicas si tiene carbón?
España tiene reservas conocidas de
4.500 millones de toneladas de carbón, suficientes para siglos a un ritmo de 5 millones de toneladas anuales. Sigue ahí, bajo tierra. Lo que cambió fue la ley: el marco legal de cambio climático prohíbe extraer carbón, gas, petróleo o uranio en territorio nacional, y el Gobierno trasladó a Bruselas el compromiso de desmantelar las centrales térmicas.
El argumento que sostiene el cierre es climático. El que lo combate es contable: en 2017 el carbón nacional abarataba la factura de la luz en más de
350 millones de euros al año, y el mix nuclear, carbón e hidráulica mantenía el precio doméstico en torno a los 4 céntimos por kWh, según los cálculos que se citan en el hilo. En 2021 ese recibo miraba a los
288,53 €/MWh de media del 7 de octubre, con un máximo de 319,03.
Las estimaciones que circulaban entonces apuntaban a que la factura de los españoles subiría
475 euros entre 2021 y 2022.
El carbón que no se quema aquí llega de fuera
El patrón se repite desde 2018: España cierra minas y centrales mientras compra electricidad producida con carbón a Marruecos, y Endesa reactivó la térmica de As Pontes en plena escalada de precios. Quienes defienden el carbón nacional sostienen que importar el kilovatio y no quemarlo en casa no reduce una sola tonelada de CO2 atmosférico; solo mueve la chimenea de sitio.
¿Se encarece el carbón si sube la demanda?
Aquí está el nudo. Un análisis recurrente defiende que la abundancia de reservas hace improbable un problema real de abastecimiento hasta el siglo que viene, y que el precio del carbón no siguió la estela del petróleo tras el boom industrial posterior a la Segunda Guerra Mundial:
incluso bajó durante veinte años.
El contraargumento es de manual de primero de capitalismo: el precio de un bien lo fija lo máximo que el comprador puede pagar, y si no hay gas disponible, se quema carbón a precio de gas. También circula la tesis, discutida, de que el gas licuado emite más CO2 que generar a pie de mina. Nadie cerró el asunto.
¿Existen térmicas de carbón eficientes?
Varios participantes defienden las centrales
advanced ultra-supercritical (AUSC), capaces de trabajar por encima de los 700 grados y que superarían el
50% de eficiencia, reduciendo el carbón consumido por kWh. Frente a eso, sostienen que las renovables más eficientes rondan el 23-24% y dependen del sol y del viento.
La pega es el coste de capital y el plazo de obra. La ventaja es que China ya las despliega. Una parte del análisis sostiene que Europa no puede enterrar esa tecnología por decreto. Y mientras se decide, el mix cambia solo.
Alemania quema lignito y Francia mantiene la nuclear
El espejo europeo incomoda. Alemania reactivó la quema de lignito en Renania del Norte-Westfalia —con
reubicación de varios pueblos para acceder al mineral— después de cerrar sus nucleares sin un reemplazo firme. Francia mantiene el parque nuclear y ha tenido una electricidad más barata que la española.
O sea: los países que no renunciaron a la base firme no pasaron por el mismo recibo. El precio no lo fija la virtud climática, lo fija la disponibilidad.
Cuando más tarde se produjo una caída generalizada del suministro peninsular, la discusión volvió al mismo punto: sin centrales que arranquen a voluntad, no hay energía que transportar, por mucha red que se tenga. Los datos de 2022 confirmaron el récord de 2021.
El carbón no se ha ido. Solo ha cambiado de país.