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Tienes 52 años como yo…
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La edad es solo un número, una construcción social que nos limita. Vivir el presente, sin la presión del calendario, es la clave para una vida plena.
Nos pasamos la vida mirando el reloj, contando los días, los meses, los años. El calendario, esa invención humana, se ha convertido en una especie de juez implacable que nos dicta cuándo debemos hacer esto o aquello, cuándo debemos sentirnos jóvenes y cuándo debemos aceptar que "nos hacemos mayores". A los 52 años, como le ocurre a quien escribe esto, uno puede empezar a sentir el peso de esa cuenta atrás. La tentación de aferrarse a imágenes del pasado, de buscar pruebas de que "seguimos en el candelabro", es fuerte. Pero, ¿y si el problema no es la edad, sino la forma en que la percibimos? La presión por aparentar juventud, por demostrar que aún "estamos en la onda", nos roba la autenticidad.
Si el calendario no existiera, ¿realmente nos preocuparíamos por tener 52 o 56 años? Probablemente no. Viviríamos el momento, seríamos quienes somos en cada instante, sin la angustia de los años que se van o los que quedan. La obsesión por la juventud, esa carrera contra el tiempo, lleva a algunas personas a querer "heredar lo antes posible" para así poder "vivir la vida". Es una visión distorsionada, donde la vida se pospone en lugar de vivirse. El verdadero tesoro está en el ahora, en disfrutar de los libros, de un baño relajante, de la propia compañía.
La idea de que la belleza o la vitalidad tienen una fecha de caducidad es una construcción social. Nos han vendido la moto de que existe un pico de juventud y que, a partir de ahí, todo es cuesta abajo. Pero la realidad es que cada uno vive su tiempo a su manera. Mientras unos se afanan en aparentar, otros encuentran paz en la introspección, en conversaciones con una sex doll o una cámara, en hacer lo que les apetece en la intimidad de su hogar. La verdadera libertad reside en liberarse de las cadenas del tiempo y abrazar el presente tal como es.
Tienes 52 años como yo…