Sanidad: La enfermedad ‘invisible’ del dolor crónico

La enfermedad ‘invisible’ del dolor crónico
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

El dolor crónico afecta a una de cada cuatro personas en España y obliga a un tercio de los pacientes a abandonar su empleo, con un coste estimado del 2,5% del PIB. La falta de un método objetivo para medirlo hace que muchos enfermos no se sientan creídos.

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El dolor crónico afecta a una de cada cuatro personas en España y obliga a un tercio de los pacientes a abandonar su empleo, con un coste estimado del 2,5% del PIB. La falta de un método objetivo para medirlo hace que muchos enfermos no se sientan creídos.

Blanca Ortiz tenía 28 años y estaba en segundo de carrera cuando le detectaron una malformación de nacimiento en una vértebra lumbar. El 3 de septiembre de 2018 entró andando al quirófano y salió del hospital dos meses después sin poder caminar. Pasó un año tumbada en una cama articulada, con un dolor que ella misma puntuaba en 10 sobre 10. Ni la morfina le aliviaba. Ocho años después, sigue sin recordar lo que es vivir sin dolor.

Su caso no es una excepción estadística. El dolor crónico afecta a una de cada cuatro personas en España, según el Observatorio del Dolor de la Universidad de Cádiz. Es una enfermedad que no se ve, que no tiene marcador en una analítica y que con frecuencia se confunde con queja o con debilidad. Y que, sin embargo, mueve cifras económicas de peso.

Un tercio de los pacientes deja de trabajar

El 32,3% de las personas con dolor crónico ha tenido que abandonar su trabajo, según los últimos datos del Observatorio del Dolor de 2022, que se actualizan cada cuatro años. El impacto sobre la economía española se estima en una carga negativa del 2,5% del PIB. No es una cifra menor: hablamos de producción que no se genera, cotizaciones que no se ingresan y prestaciones que se pagan.

Lara González tenía 32 años cuando una operación de muñeca que salió mal le dejó un dolor que describe como una barra ardiendo que le presiona el brazo. Pasó cinco años con un dolor constante de 8 sobre 10 sin que nadie le explicara qué ocurría. Al principio no dejó de trabajar: por las mañanas iba a la oficina y por las tardes tomaba morfina en el hospital. Después consiguió la incapacidad laboral. Tenía 52 años cuando contaba esta historia, veinte años después del inicio.

La enfermedad también tiene una dimensión mental que las estadísticas recogen. El 22,2% de los pacientes padece depresión y el 27,6%, ansiedad, según el último barómetro del dolor crónico en España. La falta de descanso y el dolor constante convierten la desesperanza en el estado de ánimo más compartido, explica Alexandra Alonso, cofundadora del Instituto Nacional del Dolor.

Diez meses y medio de espera para la primera consulta

Uno de los problemas que más pesa en el pronóstico es el tiempo. La media de espera para acceder a una primera consulta en una Unidad del Dolor es de 10,5 meses, según el barómetro. Y el 38% de los pacientes espera entre uno y cinco años desde que empiezan los síntomas hasta que son derivados a una unidad especializada. «Cada mes de retraso juega en favor de la cronificación», sostiene Alonso.

El doctor Javier de Andrés, jefe de la Unidad del Dolor del Hospital de La Paz, lo resume con una escena cotidiana: les dice a quienes no sufren la enfermedad que se pongan una piedra en el zapato y caminen todo el día. El problema de fondo es que no existe un dolorímetro. No hay forma de medir el dolor objetivamente; siempre es el paciente quien lo puntúa. Y eso, en la práctica, se traduce en que mucha gente no les cree.

La invisibilidad tiene un coste añadido. Blanca Ortiz lo cuenta sin dramatismo: se mantiene tranquila durante la conversación hasta que se detiene y avisa de que en ese momento le duele mucho. Lo peor, dice, es que la gente no la crea. Lleva implantado en la espalda un neuroestimulador medular, un dispositivo que funciona como un marcapasos que emite impulsos eléctricos para cortar la conexión del dolor con el cerebro. El dolor no remite: se mantiene entre 7 y 10 sobre 10. Los médicos le animan a seguir usándolo porque consideran que no lleva con él mucho tiempo.

El dolor crónico es enfermedad desde 2019

El dolor ha existido siempre, pero el crónico se considera una enfermedad y no un síntoma solo desde 2019, cuando la Organización Mundial de la Salud lo incorporó en la Clasificación Internacional de Enfermedades. Ese cambio no es burocrático: implica reconocer que hay un dolor que no avisa de una lesión activa y que requiere tratamiento propio.

El perfil que más acude a las unidades del dolor, según De Andrés, es una mujer de mediana edad. El estudio del Observatorio del Dolor y la fundación Grünenthal, entidad privada sin ánimo de lucro, confirma que la afección golpea más a las mujeres y no entiende de edad. Aunque ha aumentado entre los jóvenes en los últimos años.

El tratamiento que funciona, según Alonso, es el interdisciplinar: medicina, fisioterapia, actividad física, psicología y nutrición. Cinco áreas que no siempre están coordinadas ni cubiertas por el sistema público. Blanca Ortiz encontró un especialista que le ofreció una operación de 10 horas con un riesgo muy alto para su vida. Aceptó. La enfermedad le dio una tregua de tres años en los que pudo volver a andar, estudiar, trabajar e irse de Erasmus a Francia. En 2023 volvieron las puñaladas en la parte baja de la espalda. Supo entonces que no iba a poder volver a trabajar.

Lara González también eligió operarse cuando un doctor le dijo que podía hacerlo. O salía bien o, en sus palabras, se quitaba la vida. La operación no fue un éxito total, pero le bajó en torno a dos puntos de dolor. Ha aprendido a aceptar la enfermedad, aunque admite momentos duros de depresión. Hubo una época en la que no podía ni mirarse el brazo.

Lo que pide, si tuviera que pedir algo, es un chute de energía. No ha dormido bien en veinte años. Esa es la parte que no sale en las estadísticas de productividad, pero que explica por qué el dolor crónico es una enfermedad económica además de sanitaria. Y por qué la invisibilidad, esa que hace que nadie te crea, también tiene un precio.

Datos clave
  • Una de cada cuatro personas en España padece dolor crónico, según el Observatorio del Dolor de la Universidad de Cádiz.
  • El 32,3% de los pacientes ha abandonado su trabajo, con una carga estimada del 2,5% del PIB español (datos de 2022).
  • La espera media para una primera consulta en una Unidad del Dolor es de 10,5 meses; el 38% de los pacientes espera entre uno y cinco años.
  • El 22,2% de los pacientes padece depresión y el 27,6%, ansiedad, según el barómetro del dolor crónico en España.
  • La OMS incorporó el dolor crónico como enfermedad en la Clasificación Internacional de Enfermedades en 2019.
Fuente: elpais.com
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La enfermedad ‘invisible’ del dolor crónico: 24 horas al día sin dejar de sufrir​

Esta patología afecta a una de cada cuatro personas en España y obliga a un tercio de los pacientes a abandonar su trabajo, según el barómetro del dolor crónico

“No recuerdo lo que es vivir sin dolor”, asegura Blanca Ortiz, de 28 años, que desde hace ocho no conoce un día sin esa sensación. Estaba en segundo de carrera y soñaba con “tener una vida normal”, cuando le detectaron una malformación de nacimiento en una vértebra lumbar y tuvo que operarse. El 3 de septiembre de 2018, entró andando al quirófano y salió del hospital dos meses más tarde sin poder caminar. Regresó a su casa totalmente dependiente, donde pasó un año tumbada en una cama articulada, con un dolor de 10 sobre 10. Ni la morfina le aliviaba. Era como si le “clavasen cuchillos en la espalda”, una sensación constante que no desaparecía en ningún momento del día. Ahora se ha reinventado en redes, donde el nombre de su perfil lo dice todo: laotracaradeldolor, y ha encontrado un sentido para seguir adelante a través de la divulgación de esta enfermedad “invisible”, que afecta a una de cada cuatro personas en España, según el Observatorio del Dolor de la Universidad de Cádiz.

Tras la primera intervención, Ortiz estuvo un año intentando volver a caminar. Después de ese tiempo, recuerda que el médico que la operó le decía que “todo estaba bien”, pero ella vio claro que no podía seguir viviendo así. Encontró a otro especialista que le ofreció solucionarle el problema a cambio de una operación con un riesgo “muy alto” para su vida. Todo o nada. Ortiz no dudó: “Eso no era vida”. Tras una intervención de 10 horas, la enfermedad le dio un descanso durante tres años en los que sus dolencias disminuyeron. Pudo volver a andar, a estudiar, a trabajar e incluso se fue de Erasmus a Francia. Fue breve, pero volvió a soñar.

Ahora llora al recordar aquel tiempo en el que la enfermedad le dio una tregua. En 2023, volvió a experimentar aquellas tortas intensas en la parte baja de la espalda. “Ahí fue cuando me di cuenta de que cambió mi vida”, explica Ortiz, que hasta entonces confiaba en que esa sensación podría desaparecer del todo. Supo que no iba a poder volver a trabajar cuando le diagnosticaron dolor crónico, una enfermedad en la que un dolor agudo se convierte en permanente y se ve potenciado por el sistema nervioso. No se iba a “curar”. Duraría para “siempre”. Al igual que ella, el 32,3% de las personas que padecen esta enfermedad han tenido que dejar su trabajo, lo que supone una carga económica negativa del 2,5% al PIB español, según los últimos datos del Observatorio del Dolor de 2022, que se actualizan cada cuatro años.

Desde entonces, vive “cansada”, en un estado de fatiga constante y toma opioides para poder aguantar. Además, lleva implantado en la espalda un neuroestimulador medular, un tratamiento pionero que funciona como un “marcapasos que emite impulsos eléctricos para cortar la conexión del dolor con el cerebro”. Sin embargo, este no remite: se mantiene diariamente en una escala que define entre 7 y 10 sobre 10. Pero los médicos consideran que no lleva con él “mucho tiempo” y le animan a seguir usándolo porque confían en que le acabe aliviando el dolor. Pero hay algo que va más allá: el desgaste mental que le produce la incertidumbre de si va a tener que vivir así para siempre o si su enfermedad va a empeorar.

Ortiz se mantiene tranquila durante la conversación. No se percibe su dolor hasta que se detiene y avisa: “Ahora me duele mucho”. Una situación que refleja uno de los grandes problemas de esta enfermedad, la “invisibilidad”. Para ella, lo peor es, sin duda, que la gente no la crea.

Desde hace tres años, está en la Unidad del Dolor del Hospital de La Paz, donde la trata el doctor Javier de Andrés, jefe de esta sección: “Uno de los principales problemas de esta enfermedad es que no existe un dolorímetro para medir el dolor objetivamente y siempre es el paciente quien lo puntúa”. Por eso, “a estos pacientes muchas veces la gente no les cree”. Siempre utiliza un ejemplo para que la gente que no lo sufre lo entienda: “Les digo que se pongan una piedra en el zapato y que estén caminando todo el día”.

El dolor siempre ha existido, pero el crónico se considera una enfermedad y no un síntoma solo desde 2019, cuando la Organización Mundial de la Salud lo incorporó en la Clasificación Internacional de Enfermedades. Una afección que, según el estudio del Observatorio del Dolor y la fundación Grünenthal, una entidad privada sin ánimo de lucro que busca mejorar la vida de estos pacientes, afecta más a las mujeres y no entiende de edad. Aunque haya aumentado entre los jóvenes en los últimos años, el doctor De Andrés afirma que el perfil que más acude a su unidad “es una mujer de mediana edad”.

Una de esas mujeres es Lara González. Tiene 52 años y desde hace 20 lo primero que siente al despertarse es un dolor que describe como “una barra ardiendo” que le “presiona el brazo”. Tenía 32 años cuando, tras una operación en la muñeca derecha que salió mal, comenzó a sufrir un dolor intenso que perdura hasta hoy. Nadie le explicaba lo que sucedía y pasó cinco años con un dolor constante de 8 sobre 10. Al principio, no dejó de trabajar. Por las mañanas iba a la oficina y por las tardes tomaba morfina en el hospital. Después consiguió la incapacidad laboral. Sin embargo, no fue consciente de que su vida había cambiado hasta seis años más tarde, cuando tuvo que elegir junto a su marido si quería tener descendientes: “No iba a tener un descendiente para que me lo cojan en brazos otros, porque yo no podía”.

González tenía claro que no iba a vivir así: “Eso era el infierno en la tierra”, dice. Pero su situación cambió cuando encontró a un doctor que le dijo que podía operarla. No albergaba ninguna duda: o esa operación “salía bien” o se “quitaba la vida”. La operación no fue un éxito total, pero le bajó en torno a dos puntos de dolor.

Ha aprendido a aceptar la enfermedad, aunque admite que ha tenido momentos “duros de depresión”. Hubo una época en la que no podía ni mirarse el brazo: “Lo detestaba”. Esta enfermedad no es solo física, sino también mental, lo que hace que el 22,2% de los pacientes padezcan depresión y el 27,6%, ansiedad, según el último barómetro del dolor crónica de España que hace el observatorio.

González asegura que, si tuviera que pedir algo, le gustaría conseguir “un dosis ilegal de energía”. No ha dormido bien los últimos 20 años de su vida. Esa falta de descanso y el constante dolor hacen que la “desesperanza” sea el estado mental más compartido en este tipo de pacientes, explica Alexandra Alonso, cofundadora del Instituto Nacional del Dolor, un centro especializado en su tratamiento integral. Por ello, asegura que la clave del tratamiento es que sea interdisciplinar, que se mueva en cinco áreas terapéuticas: “Medicina, fisioterapia, actividad física, psicología y nutrición”.

El otro factor que Alonso considera esencial es el tiempo que se tarda en tratar a un paciente para evitar que un dolor agudo se cronifique. Según los últimos datos del barómetro, existe una media de 10,5 meses de espera para acceder a una primera consulta en una Unidad del Dolor. Sin embargo, el 38% de los pacientes esperan un período que abarca entre uno y cinco años desde que empiezan los síntomas hasta que son derivados a una unidad especializada. “Cada mes de retrat juega en favor de la cronificación”, defiende Alonso.

 
La ingeniería avanza poco a poco. El sistema de neuroestimulación medular es una realidad y, como dicen en la noticia, es cuestión de tiempo que se acostumbre a él.

Luego en sus manos queda. La diferencia entre estar moderadamente afectado y ser un inválido total en estos temas casi siempre está en la actitud de la persona.
 

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