La economía de la abundancia que no llega
Un robotaxi cuesta 10 euros por trayecto frente a los 30 de un taxi con conductor. Para el trabajador desplazado que cobra una renta mínima, la decisión es obvia. Pero esa misma eficiencia, que promete abaratar todo, esconde un dilema: si la automatización destruye empleo más rápido de lo que crea, ¿quién sostendrá la demanda? El debate, lejos de las promesas tecnoutópicas, se ha centrado en los límites materiales y políticos de la llamada "economía de la abundancia".
La promesa deflacionaria frente a la realidad de los recursos
El argumento central de los optimistas es que la robotización y la inteligencia artificial generarán una deflación masiva. Una fábrica que produce sillas a 10 euros cada una, frente a los 100 euros actuales, liberará renta disponible para otros consumos. A esto se suma la idea de que la deuda pública, tradicionalmente un lastre, se diluye si el crecimiento es suficientemente alto, como ocurrió en EE.UU. tras la Segunda Guerra Mundial.
Los escépticos responden con datos: los salarios reales en el mundo occidental llevan medio siglo estancados, mientras la productividad ha crecido. Si la automatización no ha revertido esa tendencia hasta ahora, no hay razón para pensar que lo hará en el futuro sin un cambio radical en la distribución. Además, la energía y los materiales no son ilimitados. La transición energética no está yendo tan rápido como se necesita, y el cierre de nucleares en Europa no ayuda. "Sin energía barata y abundante, los robots son solo chatarra", resume una de las voces críticas.
El neo-feudalismo como resultado probable
Un punto donde convergen tanto optimistas como pesimistas es que la economía de la abundancia, de materializarse, no sería igualitaria. Varios análisis apuntan a un escenario neo-feudal: unas pocas corporaciones dueñas de las patentes de IA y robótica controlarían los medios de producción, mientras la mayoría de la población subsistiría con rentas básicas. "El señor feudal ya no tiene tierras, sino patentes de semillas o de algoritmos", se argumenta. La deuda, que en el capitalismo expansivo es un motor, en un sistema sustitutivo pierde su función, y el control social se vuelve más necesario.
La energía nuclear como salvación o espejismo
Quienes creen en la abundancia tecnológica suelen apostar por la energía nuclear de nueva generación, como los mini-reactores. Un participante menciona que sus inversiones en ese sector han rentado un 200% desde abril. Pero los críticos señalan que la nuclear nunca ha sido una energía de mercado: sin subvenciones estatales no existiría. Además, la disponibilidad de uranio y la gestión de residuos siguen siendo problemas sin resolver. "La energía nuclear es la menos liberal de todas", ironiza un analista.
El fantasma de la población
Un hilo recurrente es la necesidad de reducir la población para que la abundancia sea sostenible. Se barajan proyecciones: si cada pareja tiene un solo descendiente, la población mundial podría caer de 8.000 a 500 millones en cuatro generaciones. "Y todo esto sin contar con las banderilla seguras y eficientes", añade un comentario cargado de ironía. Otros recuerdan que el malthusianismo siempre se ha equivocado: la población se ha triplicado en el último siglo sin que el mundo se acabase, gracias a los saltos tecnológicos.
La pregunta que queda en el aire es si realmente existe la voluntad política y social para distribuir los frutos de la automatización. Mientras, los precios de la vivienda y la energía siguen subiendo, y los salarios no terminan de despegar. La economía de la abundancia, por ahora, es más un deseo que una realidad.
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