El zen también reconoce el pecado original: la tesis del jesuita Kakichi
Tokio, años setenta. Un jesuita japonés llamado J. Kakichi Kadowaki se sienta en zazen y llega a una conclusión que descoloca a los manuales de catequesis: el zen no es un camino para espontáneos que meditan en la nube, sino una disciplina que parte del mismo diagnóstico que el cristianismo. El ser humano está caído. La diferencia está en qué se hace con esa caída.
La cita que abre la discusión es de su obra, recogida en la propaganda editorial: «Decimos que el cristianismo sostiene la doctrina del pecado original, pero, en realidad, también el zen la reconoce y la toma como punto de partida de su entrenamiento espiritual». No se trata de un estudio comparativo de religiones, advierte el propio autor, sino de ordenar lo experimentado en su propia práctica. Aun así, el planteamiento invita a comparar.
Ignorancia, pasiones y la raíz del mal
La primera parada del debate es conceptual. En el zen, ¿qué es el pecado? La respuesta más citada es la del maestro Taisen Deshimaru: «El pecado, en el budismo, es la ignorancia, la raíz de las pasiones, las ilusiones». Una definición que conecta con el platonismo, como se apunta en la discusión: por ignorancia caemos a este mundo material y por la filosofía recuperamos la sabiduría.
Pero hay un matiz que Kakichi subraya y que conviene no pasar por alto. «Lo que el cristianismo llama pecado original es una realidad que el hombre no puede conocer por su propia experiencia. Sólo lo sabe por revelación divina». Lo que conocemos por experiencia son sus efectos: los pecados capitales, la enfermedad, la guerra, la muerte. Ni el zen ni la filosofía llegan a esa causa primera por sus propios medios; la diagnostican desde los síntomas.
Arrepentirse no es suficiente
El recorrido espiritual que propone el cristianismo arranca con una llamada: «Arrepentíos, porque se acerca el Reino de Dios» (Mt 4, 17). La razón del arrepentimiento se expresa con claridad en esa frase, y el énfasis está en el cambio de orientación hacia el Reino, no solo en el dolor por los pecados.
Ahí surge una objeción interesante. El arrepentimiento, por sí solo, no cierra las heridas. Para mirar con confianza el futuro es preciso saberse perdonado: primero por quien lee los corazones y después, de algún modo, por aquellos que sufrieron daño por nosotros. La confesión, entendida así, supera la barrera de la intimidad y la vergüenza. De hecho, se apunta que parte del éxito de los gabinetes psicológicos proviene de esa versión laica de afrontar pasados que no se cierran.
Zen hacia atrás, cristianismo hacia adelante
La diferencia de fondo, tal como queda formulada en la conversación, es la dirección del viaje. El zen querría ayudarnos a regresar al estado anterior a la comisión del pecado original. El cristianismo, en cambio, no va hacia atrás sino hacia adelante.
La imagen que se usa es la del Génesis: expulsados Adán y Eva del Paraíso, Dios colocó un ángel a sus puertas con una espada de fuego alzada. No hay vuelta atrás. Pero también promete que vendrá una nueva Eva, María, de la que nacerá el Señor para poner remedio a las consecuencias de la comisión del pecado original: la comisión imparable de otros pecados y la muerte. El remedio es la entrega de Dios al hombre de su Hijo unigénito.
Queda, eso sí, una pregunta incómoda sin respuesta definitiva. Si ambas tradiciones parten del mismo diagnóstico, ¿por qué una mira al origen y la otra a la promesa? El dato que descoloca es que el propio practicante zen es consciente de la realidad del pecado: no hacer el mal es básico en la práctica. La moral no es un añadido occidental al zen; está en su punto de partida. Y sin embargo, la dirección del camino no puede ser más distinta.