De cita en 24 horas a esperar 11 días en el centro de salud
¿Por qué el centro de salud de un pueblo que pierde habitantes, con más personal que nunca y con la presión fiscal en máximos, tarda once días en dar cita al médico de cabecera? La pregunta la lanza un vecino que recuerda cómo hace cinco años, antes de la pandemia, bastaba una llamada a primera hora para que le atendieran ese mismo día o, como mucho, al siguiente. Hoy la espera se ha multiplicado por once en el mismo consultorio, con menos población censada y más nóminas públicas en plantilla, según su relato. La explicación oficial no llega. Entre los participantes del debate se apunta a la falta de médicos.
El mismo centro, la mitad de pacientes y el triple de espera
El caso no es aislado, según varios participantes. En ciudades medias y barrios densamente poblados el patrón se repite: antes de 2020 la cita con el médico de familia se resolvía en 24 o 48 horas; ahora el mínimo se sitúa entre **6 y 8 días**, y con un festivo por medio se estira hasta los **10 o 15 días**, según los testimonios recogidos. Lo cuenta gente que lleva años pidiendo cita para sus padres mayores, no un observatorio oficial. La queja se repite en Euskadi, en la Comunidad de Madrid, en la Comunidad Valenciana y en Galicia. El mapa del retraso es nacional, según los afectados.
Hay un dato que descoloca: el número de administrativos, celadores, auxiliares y enfermeros **no ha dejado de crecer**, según un participante. El cuello de botella no está en la puerta de entrada ni en la sala de espera. Está en la consulta. Los médicos de familia en zonas rurales son cada vez menos, y cuando uno se va —por jubilación, por baja o por traslado— no siempre llega reemplazo. El resultado es un profesional cubriendo la agenda de dos.
¿Por qué hay más personal sanitario y menos médicos de cabecera?
La respuesta corta: porque el personal que crece no es el que receta, según se sostiene en el debate. Un centro de salud puede tener más enfermería, más administración y más celadores, y aun así tener la consulta médica vacía. Cuando falta un facultativo, la agenda no se reparte entre los compañeros: se recorta. Menos huecos disponibles, misma demanda, espera más larga. La aritmética es implacable.
La segunda pata es la sustitución. En los últimos años han llegado médicos formados en universidades extranjeras —Latinoamérica, sobre todo— que ejercen en atención primaria mientras preparan el examen de acceso a la formación especializada, según un participante. Su objetivo declarado no es quedarse en el ambulatorio, sino sacar plaza en una especialidad quirúrgica o mejor remunerada. Mientras tanto, cubren huecos. Es un parche, no una solución estructural, y así lo reconocen incluso quienes defienden el sistema.
La pandemia como coartada perfecta
La cronología importa. Antes de 2020, la cita en el día o al día siguiente era la norma en la mayoría de consultorios, según los testimonios. Durante la pandemia se reorganizó todo —consultas telefónicas, triaje previo, agendas reducidas— y esa reorganización nunca se deshizo del todo, según se afirma. Hay quien sostiene que el covid fue la excusa y que después se instaló una
huelga de celo silenciosa: se trabaja lo justo, se atiende lo mínimo y las listas de espera se han convertido en el nuevo statu quo.
El argumento contrario también circula: si el médico no está, no hay cita que dar. Y si el que está tiene que hacer también el trabajo del que falta, la agenda se llena antes. No es vagancia, es física. La discusión sobre si sobra burocracia o falta vocación se pierde en un laberinto de culpas cruzadas donde nadie asume la suya.
El paciente que ya no espera: urgencias y farmacia como red de emergencia
El efecto colateral más visible es la huida. Cuando te dan cita para dentro de dos semanas, la gripe ya pasó, la contractura se resolvió sola o el bebé con fiebre acabó en urgencias, según relatan los participantes. Las farmacias de barrio se han convertido en el primer escalón real del sistema: hay boticarios que adelantan medicación crónica porque la receta caduca antes de que llegue la cita para renovarla, según un testimonio. Y en urgencias se atiende lo que la atención primaria no llega a ver.
El resultado es un sistema que funciona a base de parches: el paciente cronifica su dolencia, la farmacia improvisa, urgencias se satura y la consulta de cabecera sigue con la agenda llena. Cada eslabón empuja el problema al siguiente. Nadie lo resuelve, todos lo sufren.
¿Cuánto cuesta este modelo? La factura invisible
La pregunta económica es la que menos se hace. Un sistema sanitario que atiende tarde es más caro: más urgencias, más ingresos evitables, más bajas laborales prolongadas, según se argumenta. El copago —mínimo, por consulta— aparece en la conversación como posible freno a la saturación, pero con una condición: si el usuario paga, exige un plazo garantizado por escrito y una penalización si no se cumple. La simetría contractual, dicen, debería ser bidireccional.
Mientras tanto, la comparación internacional se cuela en la discusión. En Francia se ofrecen hasta **150.000 euros** anuales por médicos de familia en zonas tensionadas y aun así faltan, según una noticia citada. El argumento de que subir el sueldo lo arregla todo choca con la realidad: con impuestos altos, un incremento de 20.000 o 30.000 euros brutos no compensa la mudanza, según un participante. El problema no es solo el dinero. Es el modelo.
El cierre: la mejor sanidad del mundo, con cita para el mes que viene
Once días de espera en un pueblo que pierde vecinos, con más personal en nómina y la presión fiscal en máximos, según el relato inicial. Si el sistema fuera una empresa privada, alguien habría dimitido. Como es pública, la respuesta es un encogimiento de hombros y un «llame usted la semana que viene». La mejor sanidad del mundo, dicen. Siempre que no te pongas enfermo hoy.