Teruel conserva solo el 53% de la población que tenía en 1910
Hay provincias españolas que llevan un siglo perdiendo habitantes y, aun así, siguen a la cabeza de las que más pierden. Teruel conserva el 53% de la población que tenía en 1910. En 2016 solo tres provincias —Guipúzcoa, Álava y Almería— mantenían su máximo histórico de habitantes. El resto había cedido terreno desde el pinchazo de la burbuja, en un retroceso que en el conjunto del país suma ya un 1,5% desde 2012. La foto no es nueva. Lo llamativo es dónde se concentra el descalabro y a qué velocidad avanza.
Las provincias que nunca recuperaron su máximo histórico
El mapa de los techos demográficos dibuja una geografía muy concreta. Todas las provincias que más población han perdido respecto a su máximo lo alcanzaron durante el franquismo o antes. Huesca lo tocó en 1920 y Teruel en 1910: dos territorios con más de un siglo de cuesta abajo a la espalda.
La lista la completan las tres provincias leonesas, las de Castilla la Vieja salvo Valladolid, Ciudad Real y Cuenca, Jaén, Lugo y Orense, y las dos extremeñas. Los porcentajes, medidos contra su propio esplendor, son demoledores. Soria, Zamora y Cuenca no llegan al 60% de la población que tenían en 1950. Ávila, Lugo y Orense se quedan en torno al 65% de lo que llegaron a tener durante el franquismo. Palencia y Cáceres, por debajo del 75% de su censo de 1950.
Traducido: no hablamos de ajustes coyunturales. Hablamos de sociedades agrarias que perdieron a su gente hace medio siglo y no han vuelto a levantarse.
¿Por qué la España vacía pierde población más rápido tras la crisis?
Aquí está la paradoja que descoloca a más de uno. Las provincias que ya se habían vaciado durante el desarrollismo son precisamente las que lideran la pérdida de población en el periodo post-burbuja, entre 2008 y 2016. El mismo territorio, dos golpes.
Zamora y Cuenca han perdido más de un 8% de su población en esos ocho años. Orense y Teruel superan el 6%. Soria, Ávila, Lugo, Palencia, Segovia, León y Salamanca pasan del 5%. Incluso Jaén, Ciudad Real, Burgos y Huesca rebasan el 3%, más del doble de la media española. Fuera de ese grupo solo aparecen territorios que se hincharon durante el ladrillo —Alicante, Castellón, Toledo— y ahora devuelven parte de lo ganado. La tendencia que arrancó en los años cuarenta no solo no ha cambiado: se ha acelerado.
El AVE que centraliza en lugar de repartir
La alta velocidad se vendió como palanca de vertebración. Hay quien sostiene justo lo contrario: que conecta las provincias con Madrid y, de paso, drena al nodo menor. Con dos horas de trayecto, mantener una delegación comercial en cada capital deja de tener sentido. Muchas empresas la han ido cerrando y resuelven la gestión con un billete de ida y vuelta en el día.
El ejemplo portugués se cita a menudo. Portugal nunca ha querido un AVE directo entre Madrid y Lisboa, pero ve con buenos ojos la conexión Oporto-Galicia, donde el nodo mayor sería la propia Oporto y no una capital ajena. Y se apunta que en Japón y Francia llevan años con la alta velocidad. Quien está a dos horas de la gran ciudad acaba trabajando para ella, no compitiéndole.
Madrid absorbe la actividad y las sedes fiscales
El tirón de Madrid no es solo demográfico. Es logístico, energético y fiscal. El transporte de mercancías en el país se describe como caro, lleno de trabas y poco ágil, lo que empuja las operaciones hacia Madrid, Barcelona o, como mucho, el punto intermedio de Zaragoza.
A eso se suma el goteo de sedes corporativas. Madrid concentra la sede de buena parte de las grandes empresas y, con ellas, el impuesto de sociedades que tributan. De ahí sale una parte de la brecha fiscal entre comunidades, aunque los técnicos de Hacienda han denunciado que las balanzas publicadas están infladas: el grueso de la recaudación —sociedades, IVA, IRPF— lo reparte el Estado, no la comunidad que la ingresa. Con el capital humano ocurre lo mismo. Entrar en un portal de empleo desde una provincia con paro alto devuelve casi todas las ofertas en Madrid.
Asturias, el caso que no encaja en ninguna burbuja
Asturias es un capítulo aparte. Tuvo su máximo histórico en 1981, antes de que nadie hablara de burbujas, y desde entonces pierde habitantes de forma sostenida, con crisis o sin ellas. La reconversión industrial se llevó por delante astilleros, acerías y fábricas de lo más variado. En Gijón llegó a haber siete astilleros y se producía casi de todo. Hoy queda uno.
Los últimos datos no invitan al optimismo. En el año 2016 Asturias perdió 6.623 habitantes, muy por delante de Jaén (-4.674), León (-4.555) y Ciudad Real (-4.284). En términos relativos, Zamora y Ávila son las que más ceden. Hay quien especula con que para 2045 la región no llegará ni a los 400.000 habitantes.
La cigüeña vuelve a La Puebla de Valverde
En medio del desierto demográfico, noticias que en otro sitio serían rutina se convierten en acontecimiento. En La Puebla de Valverde, con 480 vecinos, seis parejas esperan un bebé. El ayuntamiento lo celebró coronando el árbol de Navidad con una figura de cigüeña. No todas residen ya en el pueblo, pero la cifra no se registraba desde 2010.
Y de fondo, un debate incómodo. Una corriente del análisis sostiene que el problema no es que Lugo o Teruel se vacíen, sino que la población se apile en ciudades que ya rozan el límite. Otra lee el asunto como la antesala de un discurso interesado: el que repite que hacen falta más trabajadores de fuera para sostener las pensiones. Las posturas no convergen.
Con estos mimbres, ¿cuántas de esas provincias seguirán existiendo demográficamente dentro de treinta años?