Por qué ya no se ven hombres con traje por el centro
¿Dónde se han metido los señores? La pregunta arranca con unas imágenes de Londres —y de Madrid, hasta hace poco— en las que, sostiene quien las publica, no aparece ni un solo hombre trajeado en plena calle. La escena se repite en otras capitales. El planteamiento inicial mezcla esa observación con generalizaciones sobre migrantes, turistas y mujeres que no responden a ningún dato. El asunto de fondo es otro:
qué se ha caído del cuadro y por qué.
No desaparecen los trajes, desaparecen los señores
Quien lanza el tema corrige a los que responden hablando de moda. No se trata de que el traje ya no imponga respeto —que también— sino de que
no hay hombres a los que mirar. El matiz importa, porque el resto del intercambio se ordena alrededor de esa sospecha: la calle se ha llenado de mujeres, de jóvenes y de gente con prisa, y el varón adulto que antaño ocupaba la acera en horario comercial se ha vuelto una figura esquiva. Hay quien responde con una salida ingeniosa, que si están en el
País de Nunca Jamás, y hay quien contesta con algo más incómodo: que se ven sobre todo en los barrios donde el coche sigue siendo el rey.
¿Por qué ya no se lleva traje en la calle?
La explicación más repetida es económica y cabe en una frase:
sueldos precarios, ni corbata ni sastrería. Un traje decente exige un presupuesto que hoy no sostiene buena parte de los asalariados del centro, y encima hay que mantenerlo, plancharlo y no arruinarlo en un metro abarrotado. A eso se suma el clima: la chaqueta de vestir se asocia a primavera y otoño, y en invierno obliga a un abrigo que no sea de los baratos —el umbral de los
100 euros aparece en la conversación como frontera entre lo que aguanta y lo que no—, unos guantes y una bufanda. El resultado es un cálculo de coste-beneficio que rara vez sale a favor del traje. La elegancia, sostiene otra corriente, no se ha perdido por dinero, sino por educación y por imitación de modelos televisivos. Y hay quien recuerda que el traje y la corbata se los han quedado los dependientes de grandes almacenes, los comerciales inmobiliarios y los políticos, oficios donde el uniforme ha dejado de significar autoridad.
Del centro a la periferia: dónde están esos hombres
El eje del análisis se desplaza luego al urbanismo. Si uno quiere piso y coche, argumentan varias aportaciones, el centro de Madrid o Barcelona no es el sitio: los municipios del noroeste madrileño —se citan
Pozuelo y Aravaca— concentraban a esa población trajeada que ahora se echa de menos en la almendra central. El hombre adulto, dice otra línea, está en la oficina del extrarradio, en el coche o directamente en casa: el
trabajo remoto y las aficiones de fin de semana —bici, senderismo— han vaciado las horas que antes se gastaban en la calle y en bares. Ni el barrio de Salamanca se libra: allí, según una observación, nadie va bien vestido y los jóvenes de buen apellido no destacan precisamente por su elegancia. Donde sí se mantiene el patrón, se apunta, es en Oviedo, Santander u Orense, y en capitales medianas como Palencia, Valladolid o Burgos. El patrón, en cualquier caso, es de horas y de geografía, no de uniforme.
El traje como contrato social
La tesis más ambiciosa del intercambio no habla de estética. Un traje, se argumenta, es la
adscripción a un orden: comunica que uno acepta unas normas y que, por tanto, se puede hacer tratos con él. Su caída sería la caída de un consenso, sustituido por individuos que se creen libres y que no llegan a acuerdos entre sí. Es una lectura sugerente y sin verificación posible: no hay serie histórica que mida la confiabilidad en función de las solapas. Enfrente está la réplica obvia: la moda es cíclica, el chándal de hoy fue el traje de ayer y cada generación ha horrorizado a la anterior.
Seamos tolerantes, zanja una de las réplicas. Con una salvedad práctica que también aparece: en determinados entornos —una tasca de barrio, un pueblo— ir demasiado elegante da más
el cante que ir en zapatillas.
La explicación conspirativa que nunca falta
Ningún análisis sobre cambios sociales se libra de su capa de conspiración, y esta no es la excepción. Se apunta al «globalismo», a la
Agenda 2030 y al nuevo orden mundial como responsables del cambio, y se sostiene que las élites quieren a la población mal vestida y entretenida para gobernarla mejor. Son afirmaciones que no vienen acompañadas de ninguna prueba y que, a lo sumo, describen un malestar: el de quien percibe que su país ya no se parece al que le contaron. Más consistente es la observación de que la diversidad de orígenes y de rentas ha difuminado los códigos de vestimenta que antes señalaban clase social a simple vista.
Queda la duda de fondo, que nadie resuelve: si los señores están ocupados manteniendo el mundo en marcha, como sugiere la respuesta más socarrona,
alguien debería avisarles de que ese mundo hace tiempo que no se pone corbata para salir a la calle.