La inflación del 115,6% que ordena el voto en Argentina
¿Qué pasa cuando un país lleva años con los precios subiendo a doble dígito mensual y toca votar? La pregunta recorre una grabación de entrevistas callejeras en Argentina que se difunde con una frase escueta —«pasa esto»— y que hace de detonante: en el vídeo no hay datos, solo ciudadanos diciendo a quién votarían. Los números aparecen después, y son los que ordenan todo lo demás.
La inflación interanual argentina cerró junio de 2023 en el 115,6%, con un 6% mensual y un 50,7% acumulado en lo que iba de año.
Qué muestra la grabación y qué se deduce de ella
El punto de partida es un vídeo de calle: se pregunta a transeúntes por su intención de voto y se encadenan respuestas. No hay encuesta, ni muestra representativa, ni metodología. Es una sucesión de opiniones individuales. De ahí se extrae, sin embargo, una conclusión colectiva, y esa es la parte interesante del fenómeno.
Un vídeo que no demuestra nada se convierte en prueba de todo cuando coincide con lo que el público ya sospechaba.
¿Por qué la inflación argentina es la cifra clave?
El IPC se ha convertido en el árbitro de cualquier conversación sobre el país. Los datos que se manejan —
115,6% anual en junio de 2023, 1,3 puntos por encima del mes anterior— reducen promesas electorales y programas de gobierno a aritmética elemental. Un mensaje reproducido en la discusión elevaba la interanual por encima del
142% en abril y añadía una imagen potente: ciudadanos desmontando monedas para vender el metal, que valdría más que las propias monedas. Ese extremo se repite sin ninguna verificación detrás.
Cuando la inflación se instala, deja de ser un asunto macroeconómico y pasa a ser una experiencia doméstica: se mide en la compra semanal, en el alquiler y en el salario que se evapora. Eso explica por qué cualquier discusión política en Argentina acaba, antes o después, hablando de precios.
Por qué se culpa al peronismo de la decadencia argentina
El argumento más repetido es una comparación histórica. En
1945 Argentina estaba entre los países más ricos del mundo, prestaba dinero a Gran Bretaña y atraía población europea. Japón, en cambio, salía de la guerra arrasado, con millones de muertos, industria destruida y dos bombas nucleares encima. Hoy la distancia entre ambos es abismal. La moraleja que se extrae de ese ejercicio es explícita: el factor determinante no fue la geografía ni los recursos, sino la política económica. La tesis se resume en una frase que se cita con retintín:
es más dañino el peronismo que dos bombas atómicas.
Frente a la lectura cultural —la población, sus hábitos, su educación— hay otra que insiste en el diseño institucional: reglas que permiten al Estado financiarse con emisión, un sector público que crece sin contrapartida y un sistema de incentivos donde trabajar sale peor que no hacerlo. Ambas corrientes comparten diagnóstico y discrepan en el culpable.
La deuda de la dictadura y la apertura importadora
Otro bloque del análisis mira a los años de la dictadura militar. Según el relato que se sostiene en la discusión,
Videla dejó una deuda de unos 30.000 millones, que sus sucesores elevaron hasta los 40.000, y su ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz, aplicó políticas de corte ultraliberal: apertura importadora abrupta sobre una industria protegida durante décadas por aranceles y prohibiciones, que quedó obsoleta e incapaz de competir.
La otra mitad del relato pone el foco fuera de las fronteras. En aquel momento sobraba dinero barato: los petrodólares buscaban dónde colocarse y el crédito internacional se expandió con fuerza. La deuda, vienen a decir, no fue solo un acto de voluntad local. Dos relatos, una misma factura.
El espejo español: dos décadas de ventaja
La comparación con España aparece desde el primer minuto y no se suelta.
Hay quien sostiene que Argentina va veinte años por delante de lo que le espera a España; otros sitúan el retraso español directamente en los años setenta argentinos. Los argumentos se repiten: un sector público sobredimensionado, una parte creciente de la población viviendo de transferencias del Estado, un sector privado ahogado por impuestos y normativa, y un Banco Central Europeo que ha financiado el diferencial.
Sin la impresora del BCE, la distancia ya se habría cerrado, resume una de las tesis más repetidas. Es una hipótesis, no un dato.
China, Milei y las tesis que se dan por hechas
Hacia el final, el eje se desplaza. Una parte del intercambio difunde material sobre una supuesta infiltración del Partido Comunista Chino en la política argentina, con contratos poco transparentes y estructuras paralelas en suelo argentino. Son acusaciones que se presentan como evidencia sin aportar pruebas que las respalden. También aparece Javier Milei, rechazado con dureza por unos pocos y ausente del resto de la conversación. Y sobrevuela, en varios tramos, una tesis identitaria sobre la composición de la población que no se sostiene con ninguno de los datos que el propio intercambio maneja.
Al final, el vídeo que abrió todo no aportaba ni un número. Los pusieron los demás: 115,6%, 6%, 50,7%, 30.000 millones. Con ese material encima de la mesa, discutir a quién se vota casi parece un detalle menor.
Casi.