Wagner recluta presos centroafricanos para la guerra de Ucrania
En plena guerra de Ucrania, el Grupo Wagner ha empezado a sacar prisioneros de las cárceles de la República Centroafricana para enviarlos al frente. La información procede de un informe de la publicación británica
Daily Beast, que cita a dos oficiales de alto rango del país africano y a varios ex mercenarios del propio grupo. La sucursal local de la compañía recluta, según esas fuentes, a miembros de movimientos insurgentes que combatieron en la guerra civil y también a condenados por delitos graves: asesinato, robo a mano armada y agresión sexual. Trasladar reclusos africanos a un conflicto europeo añade otra vuelta de tuerca a un negocio donde la guerra, la diplomacia y las sanciones se mezclan sin pudor.
Qué prisioneros salen de las cárceles centroafricanas
El informe describe dos canteras bien distintas. La primera son los insurgentes: miembros de movimientos armados que durante la prolongada guerra civil llevaron a cabo ataques con objetivo político y actuaron con especial dureza. La segunda es más prosaica: reclusos de delito común, condenados por asesinato, robo a mano armada o agresión sexual. No es el perfil de un contratista que venda experiencia a precio de oro, sino el de una estructura que necesita reemplazos y no pregunta demasiado por el historial de quien firma. Que el reclutamiento se haga en prisiones, y no en cuarteles, dice bastante del tipo de unidad que se está montando. Y también de la prisa.
Las sanciones de EEUU y la burla de Prigozhin
Washington advirtió a los países africanos que colaboran con el Grupo Wagner en la guerra rusa contra Ucrania de que no terminarán en mejor posición por hacerlo. En fechas recientes sancionó a personas y entidades vinculadas al equipo paramilitar ruso por su papel en el reclutamiento de prisioneros, algunos de ellos africanos, con destino al frente ucraniano. Una de las empresas sancionadas está radicada en la República Centroafricana, lo que convierte al país en algo más que un escenario secundario de la operación.
Yevgeny Prigozhin, jefe del grupo, se burló públicamente de esas sanciones. El mensaje tiene dos destinatarios —las capitales africanas y Moscú— y ninguno de los dos parece haberse dado por aludido.
Por qué se discute la religión de los reclutados
Una de las líneas de argumentación más repetidas intenta rebajar la alarma por el perfil de los reclutas apelando a su confesión: la República Centroafricana es, según los datos de 2020, un país de mayoría cristiana —
73,2%— con un 13,9% de musulmanes, un 12% de religiones tradicionales y un 0,9% de otras adscripciones o ninguna. El dato describe al país. No describe a los presos. No hay ninguna cifra publicada sobre el perfil confesional de los reclusos elegidos, así que emplearlo como argumento es, como poco, una extrapolación cómoda. Quien la usa suele ser el mismo que minutos antes hablaba de la peor escoria del planeta.
El argumento de vaciar las cárceles y su factura
Hay quien sostiene que la operación tiene un efecto colateral deseable: sacar de circulación a delincuentes peligrosos y mandarlos a un frente del que muchos no volverán. El razonamiento se sostiene mal. Un preso enviado a la guerra no desaparece; se convierte en un combatiente entrenado, armado y relacionado con gente igual de curtida. Y el Estado que lo libera pierde cualquier capacidad de seguimiento sobre él. La discusión sobre qué pasa cuando algunos regresen —a África o a cualquier otro punto— se ha mezclado con temores de seguridad europea sin que exista, por ahora, ningún dato publicado que respalde un flujo concreto en esa dirección.
Legión Extranjera, logística y expectativas de guerra
La comparación más repetida es con la Legión Extranjera francesa, que lleva décadas nutriéndose de no nacionales. La analogía se rompe en un punto: la Legión, se argumenta, filtra los antecedentes penales y expulsa a quien los acumula, mientras que aquí el historial delictivo es directamente el criterio de selección. En paralelo, Wagner ha anunciado la apertura de centros de reclutamiento en
42 ciudades rusas, lo que sugiere que el cuello de botella no está solo en las cárceles africanas. Sobre el efecto militar real hay división: unos ven una señal de agotamiento en las filas rusas; otros, la prueba de que se compra volumen a bajo precio y se anuncia a bombo y platillo. Nadie ha enseñado todavía una lista de unidades formadas.
Lo que no cierra es la aritmética. Reclutar en prisiones africanas para una guerra europea cuesta poco y se publicita mucho, y esa combinación es la peor posible para distinguir qué hay de operación militar y qué de escaparate. Con las cifras sobre la mesa —ninguna, de momento— la única conclusión firme es que el conflicto ya se alimenta de personas que no eligieron esa guerra y que quizá no tengan dónde volver.