La paradoja de la piscina inclusiva que acabó suspendida
En Estados Unidos, un menor negro tiene tres veces más probabilidades de ahogarse que uno blanco. En Reino Unido, la diferencia llega a 3,5 veces para niños de minorías étnicas. La piscina que se inauguró este verano en Berlín iba a atacar ese desequilibrio con una tarde exclusiva para niños negros. Acabó suspendida antes de celebrarse.
El teatro Volksbühne, impulsor de la iniciativa, la presentó como una forma de derribar barreras de acceso a la natación. En pocos días, la propuesta se convirtió en el blanco de una campaña de indignación con correos amenazantes y comentarios cargados de odio. La organización decidió retirarla.
Los críticos no se quedaron solo en el rechazo: calificaron la actividad de racismo condescendiente y de reproducción de la segregación que dice combatir. Los defensores responden con estadísticas. Un 95% de adultos negros y un 80% de menores negros en Reino Unido no saben nadar, según el relevamiento citado.
La historia no juega a favor de nadie. Las piscinas fueron durante décadas escenario de exclusión racial, con consecuencias mortales. Que un espacio público recupere esa lógica, aunque sea por un día y con fines compensatorios, siembra incomodidad.
¿Se combate la desigualdad con medidas específicas o se perpetúa con ellas? Cuando el agua no distingue color de piel, pero los datos de ahogamiento sí, la respuesta deja de ser obvia.