Podología no es un chiste, pero el mercado la toma en serio
Cuatro años de estudio centrados en el pie generan más chascarrillos que respeto académico. La podología es una de esas carreras sanitarias que despierta sonrisas condescendientes hasta que alguien necesita un especialista. Entonces el argumentario cambia: la demanda supera a la oferta y las agendas se llenan.
Parte del desdén proviene del objeto de trabajo. Un pie visto de cerca, con sus uñas, durezas y humedad, no es exactamente el material con el que se construyen prestigios clínicos. Se bromea con una presunta obsesión del podólogo por los pies, se le equipara con el callista de la esquina y se ignora que la formación universitaria incluye competencia para prescribir medicamentos y tratar patologías que afectan a la movilidad. La Universidad Complutense de Madrid oferta este grado, y no es un título de relleno.
El mercado laboral, sin embargo, se toma el asunto en serio. En localidades pequeñas, donde la oferta sanitaria suele ser limitada, hay podólogos con lista de espera y una cartera de pacientes que les permite vivir desahogados. No es una anécdota aislada: el envejecimiento de la población multiplica las consultas y la especialidad ha dejado de ser un cajón de sastre.
Que la carrera tenga salida no la hace popular. El trabajo con los pies sigue cargando con una mochila cultural de incomodidad y angustia, difícil de desactivar con datos. Pero ahí está la paradoja: la demanda crece mientras la oferta de profesionales se mantiene corta. Queda la pregunta incómoda: ¿Cuánto tardaría en dar cita el podólogo del pueblo a quien presume de no necesitarlo?