El bucle financiero que infla la IA y amenaza con arrastrar a todo el mercado
Microsoft pone 13.000 millones en OpenAI a cambio de un 20% de sus ingresos. OpenAI se compromete a comprar chips a Nvidia. Nvidia factura, su acción sube, y ese crecimiento se anota como beneficio del negocio cloud de Microsoft. La rueda gira, todos apuntan ingresos, y nadie ha vendido nada a un cliente final. Es el mecanismo que, según el análisis que se ha ido desgranando a lo largo de casi un año de discusión, sostiene buena parte del rally del S&P 500 y también la falla por la que puede romperse.
El dinero que se paga a sí mismo
El punto de partida es contable. Microsoft invierte 13.000 millones de dólares en OpenAI y contabiliza el retorno de esa
inversión como beneficio de su departamento de cloud computing. El resultado es que una empresa se paga a sí misma a través de un tercero y lo llama crecimiento. Ese crecimiento hace subir el valor de mercado, que a su vez justifica nuevas inversiones. La rueda no necesita clientes, solo necesita que el precio de la acción aguante.
Los compromisos anunciados por OpenAI dibujan una empresa que promete mucho más de lo que ingresa.
550.000 millones para el proyecto Stargate, 22.000 millones a Coreweave, al menos 350.000 millones a Broadcom. Mientras, los datos que maneja la propia compañía la sitúan en pérdidas de 8.500 millones en 2024, y su consejero delegado ha reconocido que no habrá números positivos hasta 2029. Hay quien lo resume con retintín: OpenAI no tiene dinero, pero firma cheques como si lo tuviera.
El juego de las acciones cruzadas
El patrón se repite con otros actores. AMD entrega un documento de autorización por valor de 160 millones de acciones a cambio de un 10% de OpenAI, que a su vez se compromete a comprar sus procesadores gráficos. Oracle firma un contrato por 300.000 millones a cinco años con una empresa que no puede pagarlo. Nvidia recibe pedidos, mete dinero en OpenAI, y OpenAI lo usa para comprarle chips a Nvidia. Todo queda en casa, y el precio de todas las acciones sube porque todas han «crecido».
La consecuencia es que el riesgo no está aislado en una empresa. Las siete grandes del S&P 500 concentran más de un 30% del índice y están metidas hasta el cuello en esta estructura. Si una pieza cae, arrastra a las demás, y con ellas a los fondos de
pensiones, los indexados y los ETF generalistas. El cálculo que se maneja es incómodo: si se eliminan las tecnológicas del S&P 500, el resto del mercado lleva dos años sin crecer.
¿Por qué la IA no es solo una burbuja de acciones?
Porque se apoya en la otra burbuja, la del crédito. El análisis que se ha ido publicando apunta a un mecanismo de shadow banking en el que la
deuda vinculada a centros de datos y a infraestructura de computación se empaqueta y se coloca entre inversores que no siempre saben qué están comprando. La comparación con 2007 no es una licencia literaria: es la misma arquitectura, con otro activo debajo.
A eso se suma el coste real de la infraestructura. El cuello de botella actual es la energía, y hay quien ha sacado tajada rotando mineras de bitcoin hacia el negocio de proveer electricidad a los grandes hiperescaladores. Mientras las tecnológicas construyen su propia capacidad o esperan a que los estados levanten centrales nucleares, ese negocio intermedio gana dinero. Cuando la infraestructura esté levantada, la pregunta será quién paga la factura.
Los despidos como mensaje al accionista
El otro frente es el empleo. Microsoft ha anunciado el despido de una parte importante de su plantilla, y hay quien lee el movimiento como una maniobra para contentar al accionista: despidos igual a más beneficios igual a más dividendos. La lectura alternativa es menos amable: la compañía necesita liquidez para afrontar las inversiones comprometidas en IA. Oracle ya ha recortado también.
En el sector tecnológico hay escepticismo sobre el impacto real. Ingenieros informáticos que trabajan en empresas grandes señalan que la herramienta mejora la productividad, pero que no hay ningún mercado construido alrededor de algo que solo mejora la productividad. Y aparece un problema nuevo: media empresa está generando documentación con IA, que se usa para entrenar más IA, que genera más documentación sintética. Un bucle de calidad decreciente que alguien tendrá que arreglar a mano.
La vivienda vuelve a la ecuación
El análisis se amplía al mercado hipotecario estadounidense, donde el tipo fijo a treinta años ha vuelto a tensarse. La tesis es que la combinación de tipos altos, deuda corporativa vinculada a la IA y un mercado residencial sobrecalentado puede reproducir el patrón de 2008, esta vez con el sector tecnológico como epicentro y los bancos como caja de resonancia. La diferencia es que ahora los bancos ocultan mejor sus números, y quien lo dice admite que no sabe leerlos: no hay ninguna entidad financiera en su cartera.
La estrategia que se defiende no es salir corriendo. Es tener liquidez, estudios hechos y órdenes puestas antes de que llegue la caída. Quien lo aplicó con Novo Nordisk tenía la acción marcada desde hacía dos años con preavisos por debajo de 50 euros y órdenes a 40. Cuando el desplome llegó, fue tan rápido que sin ese trabajo previo habría pillado desprevenido a cualquiera.
El dato que descoloca
Mientras todo esto se discute, el S&P 500 sigue subiendo y el rendimiento del dividendo medio del índice ronda el 1%, frente a un bono estadounidense que paga cerca del 4,75%. Es decir, el mercado paga una prima de riesgo negativa por apostar a que alguien comprará más caro mañana. Si eso no es una definición operativa de burbuja, se le parece bastante.