La «amenaza» de la IA…
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Altos ejecutivos de empresas de inteligencia artificial están solicitando activamente una mayor regulación gubernamental, un movimiento que algunos analistas ven como una estrategia para sofocar la competencia de la IA de código abierto y consolidar su poder en el mercado.
La inteligencia artificial (IA) se ha convertido en el nuevo foco de atención para figuras prominentes del sector tecnológico. Ejecutivos de empresas punteras en IA, como Dario Amodei de Anthropic, Sam Altman y Elon Musk, han alzado la voz para pedir una intervención gubernamental significativa en la industria. Su argumento principal se centra en la necesidad de establecer salvaguardas para prevenir riesgos como la pérdida de control de los sistemas de IA, su uso para ciberataques o bioterrorismo, y graves disrupciones económicas. Esta retórica, sin embargo, guarda un notable parecido con las narrativas que rodearon la pandemia de COVID-19 y el debate sobre el calentamiento global, generando escepticismo sobre las verdaderas motivaciones detrás de estas peticiones.
La propuesta de Amodei, detallada en un artículo, describe un proceso de tres pasos para un control global de la IA. El primer paso implica la creación de «evaluadores integrados», un equipo de expertos externos que garantizarían el cumplimiento de las normas. El segundo, denominado «coordinación democrática», busca que las empresas de IA de países democráticos establezcan normas de seguridad comunes y límites al ritmo del avance de la IA, incluso para aquellos que no deseen cooperar voluntariamente. El tercer paso, la «coordinación global», pretende alinear este plan con la política exterior y el estado de seguridad nacional de Estados Unidos, presentándolo como una herramienta para competir con China.
Detrás de estas llamadas a la regulación, muchos ven una estrategia de captura regulatoria. Este fenómeno ocurre cuando las grandes empresas establecidas utilizan su influencia política para moldear las regulaciones a su favor, creando barreras de entrada que perjudican a las nuevas empresas y consolidan su posición dominante. La historia económica está repleta de ejemplos de cómo los oligarcas han buscado crear cárteles para aplastar la competencia, y la era de los magnates ferroviarios durante la Era Dorada estadounidense es un precedente citado. En este contexto, la petición de los CEOs de IA por un control gubernamental podría ser vista como un intento de asegurar una ventaja protegida por el Estado, especialmente ante el auge de la IA de código abierto.
El New York Times informó recientemente que las empresas estadounidenses se están volviendo «adictas a la IA de código abierto», recurriendo a modelos gratuitos y accesibles en lugar de las costosas alternativas propietarias. Empresas como AT&T estarían utilizando estas herramientas de libre acceso, lo que representa una competencia directa para compañías como Anthropic y OpenAI. Si Amodei y sus aliados logran que se prohíba o se restrinja fuertemente la IA de código abierto, especialmente aquella con orígenes en China, se eliminaría una fuente significativa de competencia, beneficiando directamente a las grandes corporaciones tecnológicas.
La estrategia de apelar a la histeria colectiva para justificar la expansión del poder estatal no es nueva. Las comparaciones con el COVID-19 y el calentamiento global son evidentes. Durante la pandemia, se invocó la necesidad de medidas drásticas y un control global para «aplanar la curva», mientras que con el cambio climático se han planteado escenarios apocalípticos que justifican la intervención estatal a gran escala. La retórica de Amodei, que evoca una «Guerra contra el Terror» moderna y un enfrentamiento entre «gobiernos democráticos» y un «Eje del Mal» compuesto por «gobiernos autoritarios», recuerda las tácticas de la Guerra Fría.
Esta estrategia es astuta, ya que probablemente asegure el apoyo de ambos partidos políticos en Washington, dado que el lobby de la guerra no se limita a una única facción. El mensaje subyacente es que, para derrotar a las potencias extranjeras o a las amenazas existenciales, es necesario sacrificar libertades y otorgar más poder al gobierno. La figura de William F. Buckley y su defensa de la disposición a aceptar el totalitarismo absoluto para derrotar a la amenaza soviética se presenta como un antecedente ideológico de esta mentalidad.
La aparición simultánea de documentales sobre los peligros de la IA, como el lanzado por Netflix, y la presentación de proyectos de ley para ampliar el control federal, como el de Bernie Sanders, sugiere un esfuerzo coordinado para generar preocupación pública sobre la IA. Los ejecutivos del sector tecnológico a menudo recurren a declaraciones emotivas para presentarse como protectores de la humanidad, pero estas reflexiones rara vez conllevan renuncias a sus puestos, dinero o poder. La pregunta de por qué Amodei sigue vendiendo un producto que considera tan peligroso, o por qué no cede su puesto a alguien que pueda resolver el problema, apunta a que el objetivo principal es la autopromoción y la obtención de poder político.
En última instancia, los llamados a un mayor control gubernamental por parte de los grandes actores de la industria tecnológica parecen estar motivados por intereses económicos y de poder. La regulación, en este caso, se convierte en una herramienta para eliminar la competencia, especialmente la representada por la IA de código abierto, y para asegurar que solo las empresas con la aprobación estatal puedan prosperar. La narrativa de la seguridad nacional y la competencia geopolítica se utiliza como telón de fondo para justificar una consolidación del mercado y un aumento del poder de las élites tecnológicas.
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