Del MoMA a la fealdad programada: la arquitectura como arma
La fealdad de las ciudades no es un accidente presupuestario. Responde a una estrategia. Eso sostiene, al menos, un ensayo difundido a partir de una entrevista de agosto de 2024 con el investigador Jacob Nordangård, autor de
Rockefeller: Controlando el Juego, que rastrea cómo las fundaciones filantrópicas que financiaron la medicina y la educación modernas promovieron también una estética destinada a hacer más manejable a la población. La tesis que une todo esto es ambiciosa: la arquitectura como arma. La evidencia disponible, de momento, son coincidencias documentadas de financiación, fechas y nombres.
El MoMA como centro de mando estético
Abby Aldrich Rockefeller fundó el Museo de Arte Moderno de Nueva York en
1929. Una década después, su hijo Nelson tomó el control de lo que llamaba «el museo de mamá» y lo convirtió en plataforma de exportación del modernismo. El curador Philip Johnson, fundador de su departamento de arquitectura, lo resumía sin pudor: «Es una institución Rockefeller; es una democracia de uno». En
febrero de 1932, la exposición «Arquitectura Moderna: Exposición Internacional» acuñó el término Estilo Internacional, la horma única que acabaría replicando la misma caja de cristal en cualquier ciudad del mundo.
¿Por qué la fealdad cambia el comportamiento?
Roger Scruton sostuvo que los edificios modernos cumplen su función práctica pero carecen de belleza: formas rígidas que insensibilizan los sentidos y envuelven al observador en monotonía. Nikola Tesla dejó la frase de que el universo se entiende en términos de energía, frecuencia y vibración. El ensayo enlaza ambas ideas para afirmar que belleza y fealdad operan como frecuencias distintas que sintonizan estados de conciencia diferentes.
La parte empírica es la más incómoda. Investigadores de la
Universidad de Chicago expusieron a participantes a imágenes de desorden visual —grafitis, ventanas rotas, caos arquitectónico— y registraron un aumento del
34 % en conductas de engaño posteriores respecto a quienes habían visto entornos ordenados. El mecanismo propuesto es doble: la sobrecarga cognitiva del desorden mina el autocontrol y el estrés sostenido desregula el cuerpo. Un experimento no demuestra una conspiración. Sí demuestra que el entorno nos programa más de lo que creemos.
De Santa Sofía al centro comercial
El ensayo arranca en el año
987. Los enviados del príncipe Vladimir de Kiev entraron en Santa Sofía de Constantinopla y, según el relato, rompieron a llorar: «No sabíamos si estábamos en el cielo o en la tierra», informaron, «porque en la tierra no existe tal visión, ni belleza». De aquel impacto salió la elección del cristianismo como religión unificadora de la Rus de Kiev. Mil años después, salir del metro conduce a una caja de techo plano, metal corrugado y hormigón.
La reconstrucción que hace el texto de la acústica de la basílica, de sus proporciones medidas y del juego de luz de sus cristales es, curiosamente, el tramo que más incomoda a quien lee deprisa.
La fealdad acústica y lingüística
Al diagnóstico visual se le suma otra capa, como apunta algún comentario del debate. El ruido, los ladridos a las seis de la mañana, los excrementos caninos en las aceras y la jerga híbrida que contamina el idioma aparecen como formas complementarias del mismo empobrecimiento del entorno. La idea de fondo: no hace falta un decreto para afear una ciudad, basta con no cuidarla. La estética, en ese marco, deja de ser un lujo de clase y pasa a leerse como una tecnología blanda de gestión de masas.
Éxodo digital: la fealdad como puerta
El argumento culmina en el transhumanismo. James Lovelock planteó en
2014 que la humanidad debería dejar de intentar salvar el planeta y evolucionar hasta integrarse con la tecnología. Para esta tesis, ese salto exige una preparación psicológica: empobrecer la existencia física hasta que la trascendencia digital parezca una liberación. Las mismas redes que impulsaron la homogeneización estética empujarían ahora el universalismo tecnológico.
Conviene frenar aquí. Que los Rockefeller financiaran el MoMA es un dato. Que de ahí se derive un plan multigeneracional para embrutecer a la población por vía arquitectónica es una inferencia, no una prueba. Y esa distancia es exactamente la que separa un análisis histórico de una teoría sin respaldo.
Si la tesis se sostiene, el próximo salto estético no vendrá de un edificio, sino de una interfaz. Y quizá entonces se eche de menos lo único que Santa Sofía sí ofrecía: algo que mereciera ser mirado.