La AIE publica un informe sobre el declive de los campos de petróleo y gas
La Agencia Internacional de la Energía ha publicado sin aviso previo un informe especial sobre los ritmos de descenso de los campos de petróleo y gas. El documento, muy técnico, advierte de problemas de suministro a medio plazo y llega en un momento incómodo: la agencia había sostenido durante años que lo que estábamos viendo no era un pico de producción, sino un pico de demanda. Es decir, que consumíamos menos porque habíamos decidido consumir menos. Según el análisis que circula, el informe desmiente esa tesis con un dato:
el 80% de la producción de petróleo y el 90% de la de gas procede ya de yacimientos que han pasado su pico.
El pico de demanda era una forma de no mirar
La secuencia es conocida. En 2018 la agencia estuvo a punto de reconocer que el pico del petróleo era inminente. Ese mismo noviembre marcó el máximo de producción de combustibles líquidos. A partir de 2020, el relato cambió: no es que no se pueda extraer más, es que no queremos. Así se mantenía la ilusión de que la demanda de energía podía seguir creciendo, sustituida por cantidades masivas de renovable eléctrica industrial.
El problema es que el REI no está funcionando. Alemania, Francia y Reino Unido sufren una desindustrialización acelerada y sus economías renquean. Alemania ya anuncia que rebajará sus ambiciones con la eliminación de los coches de combustión interna. Y en Estados Unidos, la administración Trump está liquidando uno a uno los proyectos de transición renovable. Los países que lideraban la transición han decidido que la economía va primero. Quieren volver a los combustibles fósiles.
El problema es que no se había producido un pico de demanda. Lo que había pasado es que se había producido un pico de producción.¿Por qué no basta con invertir más en los campos existentes?
El informe analiza qué pasaría si se invirtiera de la mejor manera posible en los campos existentes y en todos los aprobados pero no explotados. La cosa mejora, pero no es para tirar cohetes. La conclusión es clara: no basta con mantener lo que hay, no basta con explotar lo que ya se conoce. Hay que encontrar nuevos yacimientos, y a mansalva, cada vez más rápido.
Después, el documento calcula en qué nivel se tiene que mantener la inversión en upstream para que la producción no caiga. La cifra que se maneja ronda los
500.000 millones de dólares. Por debajo de ahí, el declive es matemático. Y el dinero no aparece por generación espontánea: los recursos que restan son cada vez más caros de extraer, tanto energética como económicamente. Si el rendimiento energético de lo extraído no es lo suficientemente elevado, el precio de extracción es demasiado caro para que la sociedad se lo pueda permitir.
El umbral de precio que la economía ya no soporta
Hace unos años, el umbral máximo que podía soportar la economía se situaba en torno a los
120 dólares por barril. En el deteriorado panorama actual es dudoso que se puedan soportar siquiera 100. Y ni siquiera hace falta que el precio se mantenga sistemáticamente elevado: basta con que lo haga un par de semanas para desencadenar la espiral de destrucción de demanda primero y de oferta después. Así se mantienen precios relativamente bajos hasta el siguiente pico. Llevamos viviendo eso desde 2008 y lo único esperable es que los ciclos se aceleren a medida que la producción descienda.
La teoría económica dominante piensa que todo es cuestión de inversión y de precio. No es verdad. Cuando el rendimiento energético cae, las empresas empiezan a cerrar y se entra en la peligrosa espiral de destrucción de demanda y oferta. El resultado es una economía que no puede crecer, por mucho que se empeñe en pedir más petróleo del que el suelo puede dar.
La respuesta del consumo: patinetes, tacatacas y facturas
En el terreno práctico, la conversación derivó hacia cómo se nota esto en el bolsillo. Hay quien sostiene que el asustaviejismo ya no cuela y que hay petróleo para siglo y medio. Otros responden con el argumento del rendimiento energético: si te cuesta dos litros de diésel sacar uno de petróleo, no funciona. Y una tercera corriente señala que el cambio de hábitos ya está aquí: antes la gente joven se compraba un Ford Fiesta o un Corsa, ahora un patinete eléctrico.
La discusión también pasó por el precio. Mientras unos celebran echar 20 euros al coche a 1,30, otros recuerdan que la cesta de la compra está un 35% más cara. La inflación acumulada en algunos niveles hace que la fiesta del carburante barato sea relativa. Y en el fondo de todo, la pregunta de siempre: ¿cuánto tiempo se puede sostener un sistema que necesita crecer para no colapsar, sobre una base física que decrece?
¿Cuántos años de este equilibrio inestable nos quedan antes de que la próxima crisis de suministro deje de ser un susto y se convierta en la norma?