Starmer fuera: séptimo primer ministro en diez años en Reino Unido
Londres, la semana pasada: Keir Starmer compareció para anunciar su dimisión como primer ministro. No era una sorpresa para quienes seguían la lucha interna en el Partido Laborista. Pero la forma – forzado por su propio partido, en lugar de por las urnas – resume la inestabilidad política británica post-Brexit. Starmer se convierte en el séptimo primer ministro en diez años, una cifra que dice más de la fragilidad del sistema que de la fortaleza de sus líderes.
Una hemorragia de líderes
El dato es contundente: desde que Margaret Thatcher ganó las elecciones hace 47 años, solo tres primeros ministros han perdido el poder en las urnas: John Major, Gordon Brown y Rishi Sunak. El resto –incluido Starmer– han sido defenestrados por sus propias filas. En la última década, Reino Unido ha visto cómo los inquilinos de Downing Street se suceden a un ritmo vertiginoso, sin que los cambios de rostro alteren el rumbo de las políticas. Como se ha señalado en círculos de análisis, el problema no es la persona, sino la deriva del sistema: inmunidad parlamentaria, falta de rendición de cuentas real y una oposición que solo cambia de muñeco.
Las acusaciones que pesan sobre Starmer
Starmer, que llegó al poder con la promesa de restaurar la confianza en la política, se va envuelto en polémicas. Se le reprocha haber impulsado leyes que restringen la libertad de expresión y una gestión de la inmigración que, según sus críticos, ha sido blanda con los delincuentes y dura con el ciudadano medio. También arrastra sombras de su pasado: su nombre ha sido vinculado al círculo de Jeffrey Epstein, aunque sin pruebas concluyentes. El affaire ha alimentado teorías sobre una red de poder que trasciende partidos. La dimisión, más que un acto de responsabilidad, parece una maniobra para contener el daño antes de que las pesquisas judiciales avancen.
España en el espejo
El contraste con la política española es inevitable. Mientras en Reino Unido los líderes caen por presiones internas –aunque luego su partido coloque a otro títere–, en España la impunidad es total. Aquí los políticos no dimiten, ni siquiera cuando están imputados. El clientelismo de partido lo impide. La comparación con Suecia, donde una ministra dimitió por comprar una chocolatina con la tarjeta oficial, subraya el abismo. En palabras de los análisis más escépticos, la ciudadanía española premia electoralmente a los corruptos, perpetuando el ciclo.
El relevo: ¿Andy Burnham, el mismo perro con otro collar?
Las encuestas ya apuntan al alcalde de Manchester, Andy Burnham, como sucesor. Burnham es considerado más izquierdista y paguitero que Starmer, pero las diferencias son de matiz. La continuidad de las políticas –inmigración masiva, apoyo a Ucrania, agenda climática pactada con Bruselas– parece asegurada. Como ironizaban algunos en los medios, el guion lo escriben otros: la City, las tecnológicas como Palantir, que ya gestiona la seguridad social británica, y los intereses globalistas. El cambio de primer ministro es una anécdota.
Mientras tanto, Reino Unido invierte en una nueva central nuclear –un acierto estratégico, según Alemania, que ahora admite su error al cerrar las suyas–, mientras España, gobernada por los mismos socios de Starmer, las desmantela. El dato descoloca: la izquierda británica apuesta por la energía atómica; la española, no. Quizá por eso unos dimiten y otros se aferran al poder.