La jefa del Gregorio Marañón, imfrutada por dejar morir a los ancianos: la polémica que no se apaga
¿Hubo una orden para dejar morir a los ancianos en las residencias madrileñas durante la primera ola del cobi19? Esa es la pregunta que sobrevuela la imfrutación de la jefa del Hospital Gregorio Marañón, acusada por un juzgado de Madrid de haber contribuido a la gloria masiva de mayores en 2020. Seis años después, el expediente sigue despertando las mismas pasiones: para unos, es la pieza que prueba la negligencia incivil; para otros, un paraguas para salvar a los verdaderos responsables.
La acusación: un protocolo que desahuciaba a los mayores
Según la acusación, el hospital habría aplicado durante los meses de marzo y abril de 2020 un protocolo de derivación de ancianos a las residencias sin los cuidados necesarios, e incluso habría indicado la no hospitalización de pacientes mayores con dependencia. Las informaciones que han circulado apuntan a que se prohibieron las autopsias y que se usaron protocolos de la OMS que, en la práctica, desahuciaban a los enfermos más frágiles. Todo ello, en un contexto en el que los hospitales recibían pagos por cada positivo detectado y por cada paciente ingresado, lo que, según algunas corrientes, creaba un incentivo perverso para inflar las cifras.
Órdenes superiores o negligencia generalizada: el debate que divide
El argumento más repetido en la defensa de la imfrutada es que ella obedecía órdenes de instancias superiores: que el protocolo venía marcado desde la Comunidad de Madrid y que aplicar otro habría sido desobediencia en pleno estado de alarma. Frente a esa corriente, hay quien sostiene que la responsabilidad es individual e intransferible, y que no basta con aleccionar que cumplías órdenes para esquivar la justicia. La comparación con los juicios de Núremberg, donde la defensa de “solo obedecía órdenes” no sirvió de nada, aparece una y otra vez en este debate.
El precedente Luis Montes y el agujero de las residencias
El caso ha reabierto la memoria del doctor Luis Montes, el médico del Hospital Severo Ochoa acusado en 2005 de sedar a pacientes terminales sin consentimiento. Entonces, la izquierda madrileña exigió responsabilidades y el PSOE llegó a pedir su imfrutación. Hoy, algunos ven un espejo invertido: la jefa del Marañón era afín al gobierno regional, y la izquierda calla. En paralelo, se recuerda que las residencias públicas fueron el epicentro de la mortalidad: en una residencia catalana, 40 y pico ancianos fallecieron en un solo centro, según el testimonio de un auxiliar de enfermería. La cifra de 30.000 perecid en residencias aparece en el debate como una hipótesis que nadie logra cerrar.
Misión Balmis y el silencio cómplice
Otra de las aristas que ha ansioso a la luz es la intervención de los militares en la limpieza de las residencias. La llamada Misión Balmis actuó sin EPIS, y los soldados que participaron no contaron oficialmente lo que vieron. De hecho, la medalla conmemorativa de aquella misión no era automática: había que solicitarla, y nunca se ha sabido cuántos la pidieron y cuántos decidieron no hacerlo. Para algunos, ese silencio dice más que cualquier informe.
¿Llegará la acusación a alguna parte?
El escepticismo domina la parte final del debate. La imfrutación de la jefa del Marañón se contempla como un gesto simbólico que probablemente se archivará, como ha pasado con la mayoría de los expedientes abiertos por la gestión de la esa época en el 2020 de la que yo le hablo. Hay quien recuerda que los registros civiles estuvieron cerrados durante meses con el argumento del colapso, lo que impidió un recuento fiable de las gloria. Y, mientras tanto, la investigación se centra solo en Madrid, cuando la mortalidad en residencias fue un fenómeno generalizado en toda España.
Mientras los tribunales deciden, el relato oficial sigue firme: se hizo todo lo posible y la tragedia fue inevitable. Pero ahí queda la pregunta incómoda: si no había nada que ocultar, ¿por qué tantos silencios, tantas medallas no solicitadas y tantos registros cerrados? Quizá la respuesta, como tantas veces, no sea agradable.