Juan Manuel de Prada y su artículo sobre las madres de perros

silverdaemon

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27 Mar 2009
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Leo en estos días un reportaje donde se proclama la consolidación de un nuevo «modelo de familia multiespecie», donde los niños son sustituidos por mascotas, muy especialmente por perros. En España, el número de perros (9,3 millones) supera holgadamente el de niños menores de quince años (apenas 6,7 millones); y en algunos lugares, como Madrid, los perros triplican a los niños. Inevitablemente, este ‘modelo de familia multiespecie’ está favoreciendo fenómenos jurídicos y sociales que hasta hace poco nos parecerían más bien ocurrencias propias de un esperpento: las parejas que se divorcian firman convenios de ‘custodia compartida’ sobre sus perros; los testamentos los incluyen en lugar predominante; y se organizan velatorios para despedirlos.

Evelyn Waugh escribió una sátira feroz titulada Los seres queridos, cuyo protagonista se emplea en una empresa dedicada a brindar servicios funerarios de primera calidad para mascotas: enterramientos de canarios, embalsamamiento de perritos, cremación de gatitos cuyas cenizas son después arrojadas al aire desde una avioneta, etcétera. Y, en los aniversarios de la gloria de sus mascotas, los clientes reciben en casa una tarjeta, muy jubilosamente decorada, en la que pueden leer que su mascota está feliz en el cielo, meneando la cola. Menos partidario de la sátira que del exabrupto, Léon Bloy compara las tumbas de un cementerio de pobres, «incultas, abandonadas por completo, áridas como la ceniza», con las tumbas de un cementerio de perros que los ricos han erigido en una isla del Sena, para enterrar allí a sus mascotas domésticas, con tumbas de mármol, monumentos suntuosos y epitafios ridículos. Y Bloy se pregunta entonces «si la tontería, decididamente, no es más odiosa que la misma maldad»; y también si es «el resultado de una idolatría demoníaca o de una poca falta de cultura trascendental».

Tal vez sea el resultado de una combinación de ambas. Puesto a catalogar las diversas expresiones del amor humano, C. S. Lewis se detenía a analizar la naturaleza del afecto que a veces profesamos a los animales, mediante el cual subsanamos «la atrofia del instinto que nuestra inteligencia impone, nuestra excesiva autoconciencia, las innumerables complicaciones de nuestra situación, la incapacidad de vivir en el presente». Pero, con frecuencia, ese afecto encubre otras intenciones: «Si usted necesita que le necesiten –prosigue Lewis–, y en su familia, muy justamente, declinan necesitarle a usted, un animal es obviamente el sucedáneo. Puede usted tenerle toda su vida necesitado de usted. Puede mantenerle en la infancia permanentemente, reducirlo a una perpetua invalidez, separarlo de todo lo que un auténtico animal desea y, en compensación, crearle la necesidad de pequeños caprichos que sólo usted puede ofrecerle». De este modo, la mascota se convierte en el sumidero de nuestro egoísmo, en ese simulacro de descendiente que no se queja, que no lanza reproches, que no nos amonesta, que no nos suelta de vez en cuando una terrible verdad. Lewis no llega a designar la forma de depravación que anida al fondo de este afecto egoísta a los animales, aunque se atreve a proponer que «quienes encuentran en ellos un consuelo frente a las exigencias de las relaciones humanas deberían examinar sus verdaderas razones».

Mucho menos contemporizador que C. S. Lewis, Joseph Roth, en La cripta de los capuchinos, se atreve a lanzar una reflexión incómoda: «Siempre me ha parecido que los hombres que aman a los animales emplean en ellos una parte del amor que debieran dar a los seres humanos; y me di cuenta de lo justa que era esta apreciación cuando comprobé casualmente que los alemanes del Tercer Reich amaban a los perros lobos, a los pastores alemanes. ¡Pobres ovejas!, me dije». Una apreciación que hoy se vuelve mucho más nítida y enojosa que en la época del Tercer Reich. Pues nuestra generación, que encumbra a sus mascotas a la categoría de descendientes (unos descendientes que no pueden interpelarnos, que no pueden sacarnos los colores, que no pueden acusarnos, que no pueden escupirnos en la cara), asume que la vida humana ha dejado de ser inviolable, asume que no todos los seres humanos son dignos de protección, ni en todas las etapas de su vida. Como nos recuerda Chesterton, tras el ideal de tratar a los animales como si fuesen seres humanos, se esconde el secreto anhelo de tratar a los seres humanos como si fuesen animales.

Es el resultado de una poca falta de cultura trascendental, pero también de una idolatría demoníaca. Y es el emblema de una época sin futuro, condenada al basurero de la Historia; que, por supuesto, tendrá el atildado aspecto de aquel cementerio de mascotas que sublevaba a Bloy. Pues la abyección gusta de expresarse mediante la cursilería.
 
Dato demoledor

En España, el número de perros (9,3 millones) supera holgadamente el de niños menores de quince años (apenas 6,7 millones)

Mantengo mi previsión de que entre 2035 y 2040 en España comenzará la sanidad veterinaria pública gratuita para perros, pagada por todos con nuestros impuestos. Y hospitales públicos caninos con sus pabellones de quirófanos para perros. Y con su capilla para celebrar misas por los perros fallecidos.
 
Dato demoledor

En España, el número de perros (9,3 millones) supera holgadamente el de niños menores de quince años (apenas 6,7 millones)

Mantengo mi previsión de que entre 2035 y 2040 en España comenzará la sanidad veterinaria pública gratuita para perros, pagada por todos con nuestros impuestos. Y hospitales públicos caninos con sus pabellones de quirófanos para perros. Y con su capilla para celebrar misas por los perros fallecidos.
Pues mal empezamos, se consideran niños hasta los 18 años y están planteando ampliar a los 35-40
 
Si la gente no tiene descendientes, no es por los perros, sino por el precio de la vivienda, que impide formar familias. Es ahí donde tienen que atacar.
 

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