El voto consciente de los que no votan: disidencia o desidia
¿Es no ir a votar un acto político o una forma elegante de no hacer nada? Juan Manuel de Prada sostiene que
el voto de la mayoría que no vota es un voto consciente, y la frase reabre un debate viejo sobre para qué sirve votar y qué expresa el silencio de las urnas. El dato de partida es sencillo: entre el
20% y el 30% del censo no pasa por el colegio electoral con regularidad.
La discusión es qué dice eso. Para unos, desidia pura y resaca de domingo. Para otros, la única expresión política que le queda a quien no reconoce legitimidad al sistema. Ninguna de las dos lecturas se ha impuesto, y el intercambio va ya por caminos muy distintos.
La soberanía que no se delega y el voto que nadie recoge
El razonamiento se apoya en la soberanía popular. El pueblo la entrega mediante
elecciones a unos partidos que después gobiernan en su representación. De ahí el corolario: si una parte del censo no vota, no ha entregado nada, así que
no se gobierna en su nombre. La consecuencia que se reclama no es simbólica: que la abstención compute como un no, proporcional a su peso, en todas las votaciones de las cámaras.
La respuesta llega con sorna. Si la abstención fuese voto consciente, en China habría
1.500.000.000 de votos conscientes y en Corea del Norte unos
25 millones más. El sarcasmo no es gratuito: quien no acude a las urnas no comparte programa, causa ni intención.
Y ahí asoma el punto que más incomoda a la tesis del voto consciente: la abstención no es homogénea. Detrás hay indiferencia, cálculo estratégico porque los míos ganan igual, desconocimiento, ganas de revolución, resaca y hasta un error en el censo. Extraer una sola voluntad política de ese revoltijo exige bastante fe. Una fe que, curiosamente, solo se reclama para los propios.
Escaños en Blanco y la papeleta que sí existe
El argumento más afilado contra la abstención como táctica es la existencia de
Escaños en Blanco. Desde que esa formación concurre a las elecciones, la pose ya no cuela: si existe una papeleta que supone un rechazo claro e inequívoco al conjunto del sistema y el ciudadano ni se molesta en depositarla,
lo que revela es desidia, no disidencia.
Ese voto deja rastro. Sale en el escrutinio, se cuenta y se puede exhibir durante toda la legislatura. Sus defensores lo presentan como la manera de incomodar a los partidos sin regalar el asiento a nadie. Sus críticos replican que votar es votar: entrar en el juego es aceptarlo, y una papeleta de rechazo es solo
un voto en blanco más ruidoso.
A eso se añade un problema práctico poco discutido: según se sostiene, esa formación no se presenta casi nunca,
como mucho en cinco o seis provincias. Un instrumento de rechazo disponible solo en una parte del mapa no funciona como estrategia nacional.
¿Deslegitima algo la abstención?
A efectos prácticos, no. Los escaños se reparten entre quienes concurren, y el reparto no cambia porque falte un 30% del censo. Con un
70% de abstención, el pastel se divide igual y con porcentajes equivalentes: la noche electoral sería más incómoda y alguien prometería acercarse a la sociedad. Nada más.
La réplica habitual es de otro orden: pánico. Un
50% de abstención en unas generales desataría un efecto dominó, porque el voto se contagia y ver a media vecindad pasando del sistema empujaría al resto. De un 50% se saltaría al
90% sin transición.
Hay quien esgrime el caso venezolano con una abstención cercana al
80%: la deslegitimación era máxima y de allí no brotó ninguna democracia ejemplar. Tampoco ayuda el oxímoron.
«Abstención activa» es una figura retórica, y tomarla al pie de la letra como táctica es quedarse en la retórica.
El proceso constituyente que nadie detalla
El debate se complica cuando aparece el horizonte que se atribuye a los defensores de la abstención: un proceso constituyente. El problema es que no se explica, o se explica engañando. En
1978, el proceso lo dirigió el tardofranquismo, con la ayuda imprescindible del partido comunista. El siguiente sería pilotado por el régimen vigente.
Dicho de otro modo: el mecanismo llamado a sacar al país del sistema lo ejecutaría el propio sistema. La objeción pesa, sobre todo cuando el objetivo declarado es desmontarlo. Y encaja con el diagnóstico más pesimista: no hay plan, hay deseo.
Con estos mimbres, la discusión se queda donde empezó. Unos seguirán votando por inercia o por miedo al contrario, otros echarán la papeleta sin rellenar y otros se quedarán en casa con la conciencia tranquila. En el reparto final, el resultado es idéntico. Al menos unos tendrán papeleta y los otros tendrán razón. Rara vez las dos cosas a la vez.