JL asegura que se coló en una reunión alienígena sin salir de casa
Hay una escena que resume el asunto: un hombre sentado, probablemente en su salón, contando con voz de locutor de madrugada que ha asistido a una reunión secreta de aliens en la Antártida. Sin avión, sin abrigo polar, sin visado. Solo con la mente. La técnica se llama visión remota y, según su relato, basta para desplazarse a cualquier punto del planeta sin levantarse del sofá. El episodio ha desatado una mezcla de carcajadas y de fascinación entre quienes siguen a este personaje, convertido ya en un género de entretenimiento por sí mismo.
No es la primera vez que este comunicador asegura tener contacto con inteligencias no humanas. Durante años ha sostenido que los ummitas —una supuesta civilización extraterrestre— se comunican con él, y en algún momento llegó a afirmar que lo hacen por Twitter. La novedad ahora es el método: no hay nave, no hay portal, no hay selva. Hay visión remota, un concepto que en su versión seria se asocia a experimentos de inteligencia militar y que en su versión de salón sirve para colarse en cualquier reunión sin pagar billete.
Qué es la visión remota y por qué se mezcla con aliens
La visión remota es, en teoría, la capacidad de obtener información de un lugar o un evento sin estar físicamente allí. En el imaginario popular se confunde con adivinar el futuro o con ver escenas como si fueran una película. Quienes la han estudiado con cierto rigor la describen de otra manera: intuiciones vagas, impresiones difusas, nada parecido a una retransmisión en directo. Esa distancia entre la fantasía y la letra pequeña es justo lo que se diluye cuando alguien la usa para anunciar una cumbre interplanetaria en el continente helado.
El relato encaja en un ecosistema donde la Antártida funciona como escenario comodín. Allí caben bases secretas, túneles, civilizaciones intraterrestres y, desde hace unos años, reuniones diplomáticas entre especies. El mérito del protagonista no es inventar el decorado, sino contarlo con una seriedad que roza el documental. Hay quien lo escucha para dormir, y lo dice sin maldad: la voz anestesia.
El negocio de contar historias que nadie puede verificar
Aquí aparece el dato económico que suele quedar fuera del chiste. Este tipo de contenido genera audiencia, y la audiencia genera ingresos. No hace falta vender cursos ni curas milagrosas: basta con publicar vídeos periódicos, acumular reproducciones y dejar que la comunidad crezca. Quien lo hace no madruga, no ficha y no recibe broncas por llegar tarde. La comparación con el asalariado que coge el metro a las siete y media la lanzó alguien en la conversación, y no es gratuita: describe un modelo de negocio real, aunque modesto.
La pregunta incómoda es ética. Si el público mayoritario se toma el relato al pie de la letra, el entretenimiento se convierte en otra cosa. Y si además se le añaden capas de persecución —radiación dirigida a su domicilio, deterioro de salud, enemigos invisibles—, el producto deja de ser inocente. En el material revisado hay quien sostiene que el personaje ha envejecido de golpe y quien atribuye ese desgaste a presiones externas. Son afirmaciones sin verificación posible, y conviene tratarlas como lo que son.
Del cachondeo a la defensa del personaje
La reacción dominante es la burla. Se compara el episodio con una película de ciencia ficción, se pide el teléfono del camello del protagonista y se celebran las salidas más surrealistas. Pero no todo es risa. Una parte de la audiencia defiende que el hombre solo comparte un cuento y que él mismo pide que se tome como ficción. Otra corriente, minoritaria, reivindica la visión remota como fenómeno estudiado y critica que se ridiculice sin conocer la literatura. Y una tercera línea, más incómoda, señala que el verdadero problema no es el visionario, sino quien le paga.
El detalle que descoloca es que, entre tanta broma, el personaje sale bien parado en términos reputacionales. Cae simpático. Se le perdona todo porque no insulta, no amenaza y no obliga a nadie. Es el vecino que cuenta batallitas y al que se deja hablar. Ese capital social es difícil de fabricar y explica por qué sigue ahí después de años.
Queda un cabo suelto que nadie cierra: si la visión remota funciona, aunque sea un poco, ¿por qué nadie la ha usado para algo útil y verificable? La respuesta más honesta es que no hay manera de comprobarlo. Y mientras no la haya, el espectáculo continúa.