La derecha española no es la de otros países: el debate sobre si puede mejorar al obrero
En España no existe una derecha que negocie medidas sociales con la clase trabajadora. Esa es la tesis que abre el debate: mientras en otros países los partidos conservadores aceptan parte del Estado social como fundamento del bien común, aquí la derecha practica un «SABOTEO constante» a cualquier medida que mejore las condiciones laborales, según un participante. El diagnóstico se completa con una advertencia: que la izquierda haya traicionado a la clase obrera no convierte el voto a la derecha en una opción racional para un trabajador.
La discusión derivó pronto hacia un problema de definición. ¿Qué partidos de derechas hay en España? Varias intervenciones sostienen que
no se presenta ninguno y que lo más parecido es VOX, descrito como un «PP 2.0 de capote para los desesperados que no aceptan que no hay solución en las urnas». Otros añaden que la derecha nacional es un conjunto de «señorones» preocupados por su renta de alquiler y sin más proyecto que alinearse con intereses extranjeros.
Qué se entiende por derecha y por izquierda
El eje clásico se desdibuja. Hay quien reduce la distinción a «una excusa barata de cuatro psicópatas para que creas que hay un cambio y sigas votando», una forma de mantener la falsa esperanza del pueblo y evitar que se levante contra el poder real. Frente a eso, otra corriente sitúa el origen del tinglado en la Revolución Francesa y sostiene que el problema no es el eje izquierda-derecha, sino el dinero fiat y la banca central: «esto no va de martillos y hoces, esto va de impresoras y banca central».
La discusión se enreda con la historia. Se cita a los esenios como ejemplo de comunidad que entregaba sus bienes a un fondo común, sin propiedad privada, con organización religiosa y jerárquica. La respuesta es tajante: el comunismo no se practicó nunca antes del marxismo y la tesis comunismo-capitalismo es «la mayor gilipollez de la historia de la humanidad». El intercambio acaba con una petición de tregua y un aviso: quien reduce a sus adversarios a caricaturas se condena a no entender por qué la derecha tiene más o menos la mitad de los votos.
El cálculo del autónomo y el currito: ¿subir el SMI empobrece?
Aparece el argumento económico más desarrollado del debate. Un trabajador por cuenta ajena con más de treinta años de cotización sostiene que subir el SMI o reducir la jornada
no beneficia necesariamente al trabajador: los costes de todo suben y suben más que la mejora salarial, de modo que se cobra más pero se es más pobre. Es la paradoja que atribuye a la ingeniería económica de los políticos.
La defensa del empresario llega por otro flanco. Se argumenta que un autónomo no es necesariamente un empresario: la mayoría son empleados que ofrecen sus servicios y a la vez empleadores que contratan a terceros. Se añade que no hay empresas para todo el mundo y que si una empresa no es rentable, quiebra; criticar al empleador cuando los billetes salen del bolsillo ajeno es fácil. La contrarréplica no se hace esperar: «monta tú una empresa y págales bien trabajando dos horas a la semana».
La jornada laboral como línea divisoria
La reducción de la jornada funciona como prueba de fuego. Una parte del debate la defiende como «JUSTICIA divina» después de casi cien años, y admite que hay que meter mano al saqueo estatal y a las pensiones, pero no a costa de renunciar a las siete horas. La respuesta desde el otro lado es que la medida llega mientras se produce una inmigración masiva y se financia con dinero público un supuesto tren de vida de empleados públicos que viajan a destinos caros.
El choque revela una coincidencia incómoda: casi nadie defiende el statu quo con entusiasmo. Los que piden jornada más corta desconfían de las urnas; los que avisan del coste no proponen alternativa. Y en medio, la sospecha de que el PP y VOX son «los doberman del capital», mientras el PSOE es presentado como el original al que se vota por inercia: «quién quiere votar a la derecha pudiendo votar al original para que te suba más las pensiones».
El voto útil y la abstención como salida
La conclusión práctica se divide en tres. Un bloque sostiene que hoy no votar a la derecha equivale a votar al PSOE, con el argumento de que la izquierda desmanteló la industria, hundió las cajas y elevó la presión fiscal. Otro bloque responde que votar a VOX es votar a un PP con otro envoltorio y que ninguna formación va a mejorar la situación de un obrero precario. Y un tercero, cada vez más visible, sentencia: «mejor no votar».
Con estos mimbres, la predicción con reservas es que el eje izquierda-derecha seguirá canalizando el descontento sin resolverlo. Si la derecha no ofrece nada al asalariado y la izquierda ha dejado de representarlo, el voto se convierte en un castigo al adversario más que en un proyecto. La abstención, que no se organiza ni se financia, puede acabar siendo la fuerza más votada sin presentarse.