Matlock: «Dimos garantías categóricas a Gorbachov de que la OTAN no avanzaría al Este»
¿Existió un compromiso formal de no expandir la OTAN hacia el Este a cambio de permitir la reunificación alemana dentro de la Alianza? Jack Matlock, embajador de
Estados Unidos en la Unión Soviética entre 1987 y 1991, sostiene que sí. Lo dijo hace tres décadas y lo repitió en un debate público junto a Henry Kissinger en la Cumbre de Budapest del 5 de diciembre de 1994: «Dimos garantías categóricas a Gorbachov, cuando la Unión Soviética existía, de que si una Alemania unida permanecía en la OTAN, la OTAN no se desplazaría hacia el Este». Matlock añade un matiz que suele perderse: «no era una garantía legalmente vinculante». Es decir, palabra sí, papel no. Y ahí empieza la pelea.
Qué dijo exactamente Matlock y por qué importa
El exembajador no habla de un tratado. Habla de una
garantía categórica verbal, dada en el contexto de las negociaciones sobre la unificación alemana. En el mismo foro, el moderador le interpela directamente: «entonces se dio una garantía a la Unión Soviética». Matlock no lo corrige. Lo confirma.
Frente a esa versión, Mijaíl Gorbachov sostiene lo contrario: según su relato, el asunto de la expansión de la OTAN no se discutió en absoluto en aquellos años. La misma tesis defiende Robert Zoellick, diplomático estadounidense que participó en las negociaciones del final de la Guerra Fría: «Ningún país de Europa del Este planteó el tema, ni siquiera después de la disolución del Pacto de Varsovia en 1991. Los líderes occidentales tampoco lo mencionaron».
Dos versiones incompatibles sobre el mismo tramo de la historia. Una se apoya en el testimonio del negociador; la otra, en el recuerdo del interlocutor al que supuestamente se le prometió algo.
El documento que no es un tratado
El material más citado para sostener la tesis de la promesa es un documento del 12 de septiembre de 1990, fechado el 2 de noviembre del mismo año, procedente de la Biblioteca Presidencial de George H. W. Bush. Se trata de una cuenta detallada de la reunión ministerial Dos Más Cuatro celebrada en Moscú, redactada por personal de la Oficina Europea del Departamento de Estado y dirigida a altos cargos como Robert Zoellick y Condoleezza Rice, a partir de notas tomadas por los participantes estadounidenses.
Ahí está el problema para quien exige pruebas documentales: no hay firma, no hay sello, no hay tratado. Es un memorándum interno basado en apuntes. Quien defiende la existencia del compromiso lo considera prueba suficiente de lo pactado. Quien lo niega responde que un papel sin rúbrica no obliga a nada y que, además, ni siquiera se refería a Ucrania ni al Memorándum de Budapest.
El derecho internacional y la palabra dada
Aquí entra una figura jurídica que suele invocarse en estos casos: la
promissio est servanda. En derecho internacional, una promesa unilateral puede considerarse un acto válido que debe ser respetado, sin necesidad de firma. El problema es que esa doctrina no resuelve la cuestión de fondo: ¿hubo promesa, a quién obligaba y con qué alcance?
La discusión deriva entonces hacia un terreno menos jurídico y más crudo. Se argumenta que, con o sin papel, un acuerdo con una potencia económicamente autosuficiente y armada hasta los dientes conviene cumplirlo. Y se responde que la palabra de las potencias, occidentales o no, vale lo que dura el interés que la sostiene.
De la promesa a la expansión: el caso ucraniano
La conversación salta del pasado remoto al conflicto presente. Se sostiene que la prioridad de cualquier Estado son sus propios intereses, por delante de los derechos humanos, y que Estados Unidos ha convertido la guerra y la desestabilización en su modelo de hegemonía. Frente a eso, se replica que Rusia tampoco es una excepción y que la primera en incumplir compromisos fue ella, en el Memorándum de Budapest, donde Ucrania entregó su arsenal nuclear a cambio de que se respetaran su soberanía e integridad territorial.
El intercambio se encona cuando se pregunta qué vale más: si un memorándum que nadie consideraba jurídicamente vinculante o el tratado de amistad ruso-ucraniano de 1997, firmado y ratificado, en el que Ucrania incluyó el principio de inviolabilidad de fronteras a cambio de garantías para las minorías étnicas, culturales, lingüísticas y religiosas en su territorio.
Neutralidad, recursos y el reparto del país
En el trasfondo económico aparece un dato que suele quedar enterrado: en la Ucrania anterior al Maidán, las encuestas manejadas en la discusión situaban el apoyo a un acuerdo de asociación con la UE en el 37,7%, y el respaldo a un acuerdo con Rusia en el 37,8%. Un país partido en dos mitades casi idénticas. Se argumenta que las condiciones del FMI y de Bruselas eran duras y que la neutralidad habría evitado la guerra; se responde que el problema de fondo eran los recursos ucranianos, codiciados por unos y negados por otros para que no hicieran competencia a su propia economía.
El cálculo completo de aquel pulso —las condiciones, los porcentajes, quién ofrecía qué— es más jugoso de lo que cabe aquí, pero la conclusión que se repite es amarga: fuera cual fuera el reparto inicial, el país no va a levantar cabeza en generaciones.
La moraleja del boxeador
La versión más descarnada del asunto la resume una imagen simple: si tu vecino es campeón de boxeo y tú no, no vayas provocándole; busca un modus vivendi, y no confíes demasiado en que tu amigo boxeador te cubra la espalda. La moral y el derecho internacional, en este terreno, aplican lo justo.
Treinta años después, la promesa sigue sin papel que la sostenga y sin nadie que la desmienta del todo. Solo un embajador recordando lo que dijo, un expresidente soviético negando la conversación y un continente pagando la factura.