Irati: Carlomagno, Roncesvalles y el 10% de retorno en taquilla
Irati no es una película de historia. Es una película sobre quién tiene derecho a contarla. La acción arranca en el siglo VIII, con el ejército de Carlomagno cruzando los Pirineos, y convierte la derrota del paladín Roldán en Roncesvalles en la puerta de entrada a una
fábula pagana rodada íntegramente en euskera y estrenada en Pamplona. El dato que descoloca no está en el guion:
955.735 euros brutos de recaudación que se quedan en unos
430.000 netos, en torno al
10% del presupuesto. Con esos mimbres, la cinta ha funcionado mejor como detonante de una polémica identitaria que como negocio.
La sinopsis: un pacto de sangre en el Pirineo del siglo VIII
El planteamiento es ambicioso. El cristianismo avanza por Europa mientras las creencias paganas se apagan. Cuando el ejército franco atraviesa los Pirineos, el líder de un valle pide ayuda a una diosa ancestral y sella un pacto de sangre: vence al enemigo a cambio de su propia vida, pero antes arranca a su hijo
Eneko la promesa de proteger y liderar al pueblo en la era nueva. Años después, ese hijo, ya cristiano, debe recuperar el cuerpo de su padre, enterrado según el rito pagano junto al
tesoro de Carlomagno. Para lograrlo necesita a
Irati, una pagana enigmática, y ambos se internan en un bosque inhóspito donde, dice la película, todo lo que tiene nombre existe.
Ahí está el primer motivo de fricción: una historia de raíz mitológica, sin épica imperial ni santoral, contada desde un valle del Pirineo. No es el relato al que el cine histórico español tiene acostumbrado al respetable.
¿Mataron los vascos a Roldán en Roncesvalles?
En este punto la película pisa terreno documentado. En
778, Roldán, paladín de Francia y hombre de confianza de Carlomagno, murió en Roncesvalles. Ese es el hecho que nadie discute. Lo demás es interpretación: hay quien sitúa a los vascones entre el Baztan y Roncesvalles, y quien replica que la gesta corresponde a los navarros y que Bizkaia y Gipuzkoa se apropiaron del mito siglos después.
Entre las piezas que se cruzan en esa discusión hay una que incomoda a los repartidores de carnés.
Eneko figura entre los nombres vascos o hispanos más antiguos documentados: aparece en el bronce de Ascoli del siglo I a.C. en una lista de caballería ibera y vascona aliada de Pompeyo, y lo llevó Eneco Arista, el primer rey de Navarra. La versión femenina, Oneca, también es medieval; en fuentes castellanas el nombre se castellaniza como Iñigo. Con ese pedigrí, discutir el nombre del protagonista es discutir contra los papeles.
Los números: 10.262 euros de taquilla para un presupuesto de 5,7 millones
La letra pequeña del cine subvencionado es donde más se calienta el ambiente. El cálculo que corre sobre Irati es implacable:
955.735 euros brutos que, descontada la parte del exhibidor, dejan en el mejor de los casos
430.000 netos, un
10% del presupuesto. Quien hace la cuenta admite que se trata de la media del cine español, lo que no consuela a nadie.
El caso que pone los pelos de punta es otro.
Historias lamentables (2021) partía de un presupuesto superior a
5,7 millones de euros, con
1.000.000 euros de subvención, y recaudó
10.262 euros. Ese desfase, y no la taquilla de una película concreta, es el que alimenta la pregunta de fondo: cuánto cine puede financiarse con dinero público sin retorno medible.
Un reparto sin apellidos castellanos y el euskera como bandera
El reparto —Edurne Azkarate, Eneko Sagardoy, Itziar Ituño, Nagore Aranburu, entre otros— se lee como un monolito onomástico. Un sector lo interpreta como una rareza deliberada; otro, como lo más normal del mundo en una producción rodada en euskera con subtítulos en castellano. El estreno en Pamplona añadió leña: para unos fue una reivindicación territorial, para otros, simple logística de una película ambientada en los Pirineos.
El fenómeno no es aislado.
Errementari (2017), sobre una leyenda vasca con el diablo como protagonista, y
Todas las lunas (2020), con una niña vampira, ya habían explorado ese filón fantástico en euskera. La serie
Patria hizo lo propio en otro registro y con otra repercusión.
Qué cabe esperar
Si el modelo se sostiene, veremos más cine histórico de raíz local, financiado con dinero público y con el euskera como seña de identidad. La duda razonable es si el público acudirá por la película o por el ruido que la rodea. Y si el ruido acaba siendo el producto, el negocio seguirá siendo el mismo: mínimo para quien la hace, máximo para quien discute sobre ella.